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La castidad de los Borbones

No son pocos los que conocen una vertiente profesional mía, que viene de atrás, como es mi condición de estudioso de la monarquía, un tema sobre el que, entre otras cosas, tengo libros publicados, y que comenzó con aquella primera biografía de Felipe de Borbón.

Por ese motivo, de vez en cuando abordo en esta columna algún aspecto relativo a dicha cuestión, como acaba de ocurrir con mi último trabajo sobre para qué sirven los reyes.

Cada vez que escribo acerca de asuntos relacionados con la monarquía, ocurre que algunos lectores firman comentarios en los que me atribuyen calificativos variados, yo los llamaría descalificativos, sin fundamentarlos demasiado.

En general, también a nivel de nuestra sociedad, echo de menos debates más serios, de fondo, razonados, basados en datos, sobre, por ejemplo, la utilidad, la eficacia, el servicio que presta la monarquía, no desde el apriorismo o el apasionamiento, y menos aún desde la simple y fácil descalificación.

Sobre la monarquía caben, faltaría más, variedad de opiniones, con tal de que se formulen, como digo, civilizada y racionalmente. Se puede estar a favor y en contra, se puede pensar que se trata de una institución del pasado y absolutamente superada, cabe argumentar que el sistema sucesorio es absurdo…

No obstante, los hechos son bastante tozudos. Entre los países del mundo más avanzados, y por supuesto ejemplarmente democráticos, las monarquías son mayoría abrumadora. Por tanto, no parece tan evidente su incompatibilidad con los actuales tiempos, ni está probada su ineficacia. Algo ha de tener, para que sea una realidad en Reino Unido, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica, Luxemburgo, Japón… y España, por supuesto.

A propósito de la última columna, uno de los lectores, evidentemente no muy partidario de mis escritos, comenta, seguramente como crítica, que está esperando que algún día escriba sobre la castidad de los Borbones.

Voy a contestarle rápido. No pienso escribir sobre esa cuestión.

Aparte de cuál sea mi punto de vista particular sobre las conductas íntimas, y de que, en mi opinión, las monarquías tienen un plus de exigencia que es la ejemplaridad, entrando en un planteamiento político general ¿desde cuando el comportamiento sexual de una persona pública es cuestión de debate nacional?

Ni lo es, ni debe serlo. El examen que han de sufrir esos personajes tiene que ver con su gestión de los intereses generales, con la eficacia de su trabajo, con el buen o mal servicio al país. Son políticos, son gestores. Ahí deben ser juzgados, y absueltos o condenados. No por cuestiones de alcoba.

¿Cabe en cabeza humana que, a semejanza con lo que se reclama respecto a los Borbones, alguien planteara la castidad de tantos grandes políticos y gobernantes? Por decir, a voleo y sin ninguna sistemática ni intención, ¿de Felipe González, de García Margallo, de Pablo Iglesias, de Alfonso Guerra, de Alfredo Pérez Rubalcaba…? Y, mirando hacia fuera, ¿de Putin, Mitterrand, Hollande, Chirac, Berlusconi, Clinton, Trump, Kennedy, el príncipe Carlos de Gales, el rey Alberto de Lieja…?

¿Por qué a un republicano le preocupa la castidad del monarca y no la del presidente de la república? No estamos utilizando el mismo rasero a la hora de enjuiciar y valorar. O, al menos, así me lo parece a mí.

Dicho todo lo cual, manifiesto mi total confianza en el rey Felipe VI.

editor@elconfidencialdigital.com

En Twitter @JoseApezarena

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Sobre el autor...

José Apezarena

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