Jueves 17/08/2017. Actualizado 19:26h

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Un “mal ciudadano” llamado Jaume Matas

Que Jaume Matas, ex presidente balear, es un “mal ciudadano” constituye una evidencia, en la medida en que ha sido condenado a prisión, con sentencia firme, por un delito de tráfico de influencias, y de que le esperan otros sumarios más por corrupción, de los que previsiblemente no saldrá muy bien librado.

Lo que pongo en duda es que la junta de calificación de una prisión sea el órgano adecuado para definir quién es o no “buen ciudadano”. Me parece que excede de su competencia y de sus capacidades.

¿De qué estoy hablando? Del dictamen sobre la concesión del tercer grado penitenciario elaborado por los técnicos de la prisión de Segovia. La junta de calificación se oponía al tercer grado argumentando que, aunque Jaume Matas era "un buen recluso", no era "un buen ciudadano".

Insisto en que eso es meterse en camisa de once varas, porque no le compete definiciones semejantes.

Comprendo que se haya desatado una ola de indignación por la sospechosa salida de Matas, en aplicación del tercer grado concedido, ahora revocado por el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria de Valladolid. Y hasta coincido con el recurso que presentó la fiscalía de Valladolid, hablando de "repugnancia social" ante los hechos que dieron lugar a la condena. Pero creo que cada uno debe ajustarse a lo suyo, y una junta de calificación limitarse a valorar el comportamiento concreto de un preso en ese momento. Y nada más.

¿Por qué me meto en este berenjenal, del que puedo salir trasquilado, puesto que alguno hasta afirmará que defiendo a Jaume Matas, cosa que está muy lejos de mi intención y voluntad? Porque observo que se producen demasiadas incursiones en terrenos ajenos por parte de quienes tienen el poder de decidir sobre el destino de los demás.

Últimamente han aparecido demasiados moralistas y moralizadores, demasiados justicieros, cuando, por cualificación y cometido, su papel debería ser solamente técnico y profesional, ateniéndose a las normas y a las leyes pero nada más. Nada más y nada menos.

Por eso mismo, no entiendo que, en otro caso llamativo, el de Isabel Pantoja, los magistrados dicten resoluciones con intenciones "ejemplarizantes", según sus propias palabras.

A pesar de la intensa presión social, y de la tentación de sucumbir a la fácil simpatía popular que pueden provocar actuaciones así, en mi opinión los jueces tienen que dictar sentencias justas. No deben proponerse ser "ejemplarizantes".

Sentencias justas, ajustadas a lo que marca la ley. Sin ir más allá. Miedo me dan los magistrados justicieros más que justos. Porque entonces el criterio objetivo habrá dejado paso a la compulsión, a la oportunidad y hasta al oportunismo.

Cierto es que este país necesita como el comer de una regeneración. Cierto. Pero los tribunales han de dedicarse a aplicar la ley. Como he dicho, nada más... y nada menos. Y si no resulta suficiente la norma, cámbiese la legislación. Pero no se fuercen las leyes, ni las sentencias. La discrecionalidad (a veces la visceralidad) suele estar muy alejada de la objetividad y hasta de la justicia.

editor@elconfidencialdigital.com

Twitter: @JoseApezarena

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José Apezarena

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