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Agotados, cansados, exhaustos

Me ha pedido un amigo que este año no recurra a un juego de palabras ni a guiños melodramáticos. Es verdad que en años recientes he encabezado este artículo, previo a mi partida para disfrutar de unas semanas de vacaciones, con frases como:

-- “Por qué lo dejo”, “Desaparecido”, “Me marcho de España”.

Alguno, como digo, se llevó un buen susto pensando en que, efectivamente, dejaba el país, abandonaba la profesión o, en cualquier caso, acababa de tomar una decisión radical en mi vida. No era así. Anunciaba simplemente que me iba a tomar un respiro. Como ahora.

En este caso me marcho con especial conciencia de necesitar más que nunca un parón. Aprovecharé para darle vueltas a algo que me preocupa. Últimamente no dejo de encontrarme con personas exhaustas, agotadas, al límite de sus fuerzas. Afectadas también anímicamente.

Me he puesto a leer sobre ello y he encontrado interesantísimos análisis sobre los que quiero reflexionar con más calma. Explican que esta sociedad que hemos creado se sustenta sobre pilares bastante dañinos. Sintetizado en una frase, quedaría así: todo pivota ahora sobre el rendimiento.

Los principios rectores de nuestra vida cotidiana se han vuelto especialmente exigentes: cuánto producimos, qué partido le sacamos a la vida, qué lejos estamos llegando (o no), cómo va nuestra realización personal… Sacamos la cinta métrica y evaluamos.

Nuestros padres gestionaron su existencia de otra forma. Ahora nos comparamos por sistema, medimos el estatus adquirido, nos ponemos diariamente el termómetro… y claro, nadie suele estar a la altura. O lo que es lo mismo: todo parece poco, nunca llegamos a la meta. Estamos lejos de las expectativas creadas y de lo que parece que otros logran. Siempre se puede llegar a más, siempre hay otro que parece conquistar metas más espectaculares que las mías.

Este deambular extenuante, donde apenas hay espacio para sentirse satisfecho, es una fábrica de enfermos sin fin. Baja autoestima, desánimo, ansiedad, descontento, fatiga, aridez.

En este escenario, digo, se hace especialmente recomendable detener la marcha, cambiar de ambiente (si uno puede permitírselo) y pararse a pensar. Sin estrés ni un objetivo claro: disfrutando del paseo intelectual. A ver qué nos depara.

Les veo a todos a la vuelta. Gracias por estar ahí.

Más en twitter: @javierfumero

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Sobre el autor...

Javier Fumero

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