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La culpa del acoso escolar no la tienen los móviles

Leo con cierto desasosiego una noticia publicada este miércoles por varios medios: “El acoso escolar se dispara un 75% en 2015 con el uso de las nuevas tecnologías”.

El dato lo ha facilitado ANAR, la fundación de ayuda contra el maltrato entre jóvenes que el pasado año recibió 25.000 llamadas de socorro. Ahí es nada.

Lo que me preocupa de este trabajo es el enfoque. La tesis que subyace en el fondo de este estudio parece ser la siguiente: si se quieren paliar las vejaciones entre jóvenes, pongamos coto a las nuevas tecnologías.

Es cierto que los móviles y tabletas esparcen el mal, lo llevan hasta la propia habitación del acosado. Las víctimas reciben mensajes publicados en redes sociales y el hostigamiento no se reduce al colegio o a la plaza pública.

Pero si ponemos aquí el acento seguiremos desenfocando la cuestión. No estamos afrontando el verdadero origen de este grave desarreglo. A saber: la sociedad que estamos construyendo educa jóvenes violentos, fustigadores, que disfrutan amenazando. El problema en origen es nuestro, no de unos cacharritos.

Siempre ha sido así, es verdad. El joven es por naturaleza cruel y además, descarado. No entiende de diplomacia. Le queda mucho por aprender: prudencia, tacto, mesura. Pero algo ha cambiado. Los episodios de acoso que van saliendo a la luz muestran un salto cualitativo en las vejaciones.

Quizás haya que poner el dedo en la llaga y afrontar algún día cuestiones como las siguientes:

1. ¿Qué responsabilidad tienen las películas, series de televisión y videojuegos violentos? Los niños de hoy, criados en esta sociedad de la globalización y el bienestar, cada vez pierden antes la inocencia. Se saltan la infancia en cero coma. Ya no son niños. Su forma de ser y comportarse no se corresponde muchas veces con el estereotipo de niñez que algunos hemos conocido. Se ha perdido, para empezar, el principal signo identitario de esa etapa: el candor.

El niño no debe conocerlo todo antes de tiempo. Y mucho menos, los conocimientos de adulto sobre la vida y sus tragedias, sobre la violencia y el mal, sobre el sexo y tantos desafíos que caracterizan el mundo de los mayores. No es mojigatería sino respeto a la propia naturaleza del alma del niño: demasiado sensible e indefensa ante algunas realidades de la vida que le superan. El niño no puede digerir todo eso, le faltan herramientas, y queda irremediablemente afectado.

2. ¿Qué responsabilidad tiene esta sociedad tan amiga de la violencia? Este país casi canoniza al amigo Sánchez Gordillo, aquel iluminado que asaltó dos supermercados en Andalucía para criticar el sistema dando caña: comida para el pobre porque el mundo se muere de hambre. Esta dinámica tramposa obvia el hecho de que en democracia no hay atajos ni excusas que valgan: no se puede utilizar la violencia como medio de expresión. Nunca. Pero estas actuaciones calan en los jóvenes.

Por eso los vemos tras actitudes tan deleznables como la quema de mendigos (grabada con el móvil), el apuñalamiento de hinchas rivales, las mamparas rotas, los cajeros reventados, las marquesinas destrozadas y los contenedores incendiados. Por eso son tan dañinos los escraches en la puerta de casa, los zarandeos y codazos a la salida de un juzgado, las pintadas o cócteles molotov en las sedes de partidos, los bates de béisbol, los adoquines y los tirachinas con rodamientos.

Insisto. Deberíamos hacérnoslo mirar nosotros y no descargar toda la responsabilidad en las nuevas tecnologías

Más en twitter: @javierfumero

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Javier Fumero

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