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El sentimentalismo tóxico de Podemos

El libro acaba de llegar a España. Se llama “Sentimentalismo tóxico” y está escrito por Theodoro Dalrymple, médico psiquiatra y escritor británico. Analiza este fenómeno partiendo de una premisa: si bien es cierto que siempre ha habido y habrá personas sentimentales, de un tiempo a esta parte el criterio inspirador de algunas políticas públicas son las emociones.

Dalrymple sostiene que la escena pública está hoy empapada de sentimentalismo, entendido como “la expresión de las emociones sin juicio”. Aclara que “la pregunta no es si debe haber sentimientos o no, la pregunta es cómo, cuándo y hasta qué punto deben expresarse y qué lugar deberían ocupar en la vida de las personas”.

Con abundantes ejemplos de actualidad, el autor muestra que cuando el sentimentalismo es el motor de decisiones políticas en campos como la infancia, la familia, la educación o la ayuda al desarrollo, acaba perjudicando a los mismos a los que se pretende ayudar.

El ensayo esclarece también cómo el sentimentalismo se convierte fácilmente hoy en fenómeno de masas, con la ayuda de los medios de comunicación.

Me he acordado de este trabajo al observar el enorme despliegue afectivo protagonizado estos días por los líderes de Podemos. Publican vídeos, difunden cartas, lanzan mensajes… trufados de emociones, apelaciones al corazón y hasta arranques de ternura.

Lo que hay de fondo es dramático: una larvada batalla por el poder. Pero Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y todas las caras visibles del partido se esfuerzan en cuidar la puesta en escena, salpimentando todo de ese toque pasional que tanto resultado les ha dado.

Es un modo de hacer política, como dice Dalrymple. De ahí las carrozas laicas, el fichaje del ex JEMAD, el bebé de Bescansa en el Congreso, el catalogo programático de IKEA, las rastas en sede Parlamentaria, el pack de Juego de Tronos para el Rey, el beso con Doménech, el esmoquin y la pajarita para acudir a los Goya, los botellines con Garzón en el Congreso, el paseíllo por la Carrera de San Jerónimo con Pedro Sánchez, sus arrumacos con Zapatero

Sin embargo, uno tiende a pensar que la hipertrofia sentimental, que desatiende la razón, no augura nada bueno. Se convierte, más pronto o más temprano, en algo tóxico. Veremos.

Más en twitter: @javierfumero

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Sobre el autor...

Javier Fumero

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