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La Mirada Crítica

Micciones caninas. El automóvil, improvisado urinario

Con independencia del acto mismo de incivismo que constituyen las deposiciones caninas en la vía pública, el automóvil tampoco se salva.

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Sus ruedas y paragolpes se han convertido en improvisados urinarios para una gran mayoría de perros


Micciones caninas el automóvil, improvisado urinario Micciones caninas el automóvil, improvisado urinario

Manuel Reyes

Para los viandantes de las grandes ciudades ir sorteando los excrementos caninos se ha convertido en un nuevo deporte.

Esta gran falta de respeto hacia la colectividad, también cobra un viso individualista cuando es el automóvil el que se transforma en improvisado mingitorio para los perros.

Aunque habría que matizar, más que improvisado es habitual. Pero lo grave del caso no es ya la falta de respeto, sino que estas incívicas acciones también resultan insalubres. Cualquier niño jugando en un parque puede quedar “rebozado” si sufre una caída y, aunque lo más habitual cuando se pincha una rueda sea llamar a la asistencia, tanto la persona de asistencia como el propio conductor pueden encontrarse desagradables restos en la rueda a sustituir.

Habría que preguntarse si el dueño del perro vería con buenos ojos que aprovechara la puerta de su casa para miccionar,  el propio automovilista. 


Como reflexión a lo  expuesto, al parecer lo que se hace de forma habitual  se transforma en costumbre o, lo que es peor, en norma, aunque sea no escrita.

Pero es de justicia apuntar que la culpa no es ni mucho menos de los perros. Sobre este noble animal, el mejor amigo del hombre, no pesa ni un ápice de responsabilidad aunque sea el protagonista de la acción. Los verdaderos responsables son otro tipo de “perros”, de dos patas: sus incívicos dueños. 


El tema seguramente sea educacional y se pueda tratar. Lo verdaderamente preocupante es que no se hace nada o, mejor dicho, se hacen campañas que no sirven para nada. Este tipo de acciones tendrían que tener sus correspondientes sanciones por parte de los consistorios, pero sanciones de facto, en firme, y que corriera la voz. Posiblemente cambiaría un poco el panorama.

Los únicos sancionados y perseguidos por los ayuntamientos, buena parte de las veces de forma totalmente arbitraria, son los automovilistas. El eterno chivo expiatorio a la vez que fuente inagotable de recursos para las arcas municipales. 


Para los nuevos consistorios, entre los que se incluye el referente de la capital de España, una vez más es el automovilista el culpable de todo, el que paga la fiesta y el encargado de rellenar las casi siempre esquilmadas arcas municipales. Sin embargo existen otras fuentes, otros caminos.

Caminos que  todavía están poco explorados y que reportarían a los municipios buenos a la par que justificados ingresos. Las ciudades españolas,  y una vez más Madrid constituye un significativo ejemplo, están cada vez más llenas de excrementos caninos.

Aparte de la “guarrada” que ello supone es un  atentado contra la salud pública. Lo raro es que no se le haya ocurrido nada a este respecto a la alcaldesa de Madrid, dada la ingeniosa pila de ideas con la que sorprende casi a diario. Madrid estaría más limpio y los incívicos bolsillos de algunos más vacíos. 







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