Martes 17/10/2017. Actualizado 01:00h

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Carta de un amigo a Rubalcaba

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Camarada Rubalcaba, Alfredo Pérez: Le escribo esta carta desde la soledad del banco del parque en el que usted y su jefe, el camarada Zapatero, José Luis Rodríguez, han tenido a bien fijar mi residencia habitual. Hace una noche espléndida, me he bebido dos tetra brik de vino y unos guiris me han dado media cajetilla de tabaco, previa muestra de una navaja de tres tiempos, con lo que supondrá lógicamente, camarada Rubalcaba, Alfredo Pérez, que estoy de un fantástico humor. Por eso me atrevo a dirigirme a usted y a su ilustrísimo jefe con el fin de agradecerle todo lo que han hecho por mí estos últimos años, todas esas atenciones que me han dispensado con tamaño cariño y que me han convertido en el gran hombre que soy ahora, un hombre libre y feliz, sin preocupaciones, sin familia, sin trabajo, sin un techo donde guarecerme y sin zapatos, que me los guindaron ayer mientras dormía la mona. Le cuento. Antes yo era un desgraciado, con mujer y dos hijos, unos chupasangres que sólo pensaban en comer y en vivir en una casa, con lo bien que se está a la intemperie y sin un chusco que llevarse a la boca. Flojo en los estudios, pero hábil con las manos, monté una empresa pequeña de reparación y construcción en la que empleaba a cinco personas, todos ellos unos vividores que nada más que querían cobrar a fin de mes para alimentar a sus familias, otros parásitos más. Como mi mujer trabajaba en una fábrica de envases, entre los dos nos compramos un piso de setenta metros, tres dormitorios, baño, aseo, salón con vistas a un descampado y cocina amueblada. Un lujo innecesario al que accedimos gracias a la hipoteca que un amable banquero nos concedió. Una vida de locura y frenesí, trabajando de sol a sol los dos y sin ver un euro. Y así unos años de capitalismo consumista, pagando luz, agua, butano, colegios, ropa, comida, las nóminas de los trabajadores, los proveedores y todos, toditos los impuestos habidos y por haber . ¡Qué le voy a contar, camarada Rubalcaba, Alfredo Pérez! Mucho gasto inútil. No podía durar esa lujuria. Entonces llegaron usted y su jefe, y mi vida tomó sentido. El país se fue al carajo y mi mujer se fue a la calle, sin despido ni paro ni nada de nada, pues resulta que no le habían dado de alta. Mi negocio quebró de la noche a la mañana, vendí lo que no tenía para pagar a los empleados, me embargaron hasta los calzones y me encontré casi en pelotas con la familia pidiendo asilo en casa de los suegros. Una vez agotada la ayuda y sin trabajo, opté por tirarme al alcohol, huí de los míos y me uní a la legión de los desheredados de la tierra. Desde entonces he encontrado la paz y la felicidad (me gustaría también encontrar al hijo de su madre que me robó los zapatos). Y siento el impulso, la urgencia de comunicárselo a usted, camarada Rubalcaba, Alfredo Pérez, con mi más sincero agradecimiento y con la petición, si no le supone una molestia, de que haga extensivo el mensaje a su jefe, el camarada Zapatero, José Luis Rodríguez. Sé que entre los dos, y algunos más, se han esforzado con bravura y denuedo en conseguir que muchos como yo hayamos perdido todo lo que teníamos, convirtiéndonos en los despojos que somos ahora. No viviré lo suficiente para compensarles el sacrificio, la dedicación y encomio demostrado por todos ustedes. Sin más, me despido, camarada Rubalcaba, Alfredo Pérez, manifestando el deseo de tener algún día la oportunidad de decirle en persona lo que aquí le escribo, a ser posible los dos solos, sin testigos, a las cuatro de la mañana y en un sitio discreto y apartado, con poca luz, la estrictamente necesaria para que me mire a los ojos mientras le comunico mi gratitud. Y, al igual que antes, este deseo también es extensivo para el camarada Zapatero, José Luis Rodríguez. Un abrazo para los dos de éste, su seguro servidor. PD: Como no tengo dónde escribir y ni ganas de hacerlo, le dicto la misiva a mi buen amigo Tomás Salinas, para que intente hacérsela llegar a la mayor brevedad posible, que no sé lo que voy a durar en las condiciones en las que me encuentro. Ya sabe, la buena vida de la que he gozado y gozo me está pasando factura, y no quiero morirme sin antes saber que se da por enterado.

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