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Educación con rostro humano

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Unesco acaba de publicar el informe “Educación para Todos. La alfabetización, un factor vital”, donde denuncia que la alfabetización es un derecho que se sigue negando a la quinta parte de la población adulta del mundo y que va unida en gran medida a la extrema pobreza. La paridad entre los sexos en 2005 no se ha alcanzado en 94 de los 149 países sobre los que se dispone de datos, además hay 86 países que corren el riesgo de no alcanzarla siquiera en 2015. A nivel mundial, por cada 100 hombres adultos que se consideran alfabetizados solo hay 88 mujeres adultas en las mismas condiciones. No está garantizada la consecución de la Enseñanza Primaria Universal (EPU). Unos 100 millones de niños siguen sin estar escolarizados en primaria. Las niñas representan el 55% de esa cifra. Hay 23 países que corren el riesgo de no lograr la EPU de aquí a 2015, ya que sus tasas netas de escolarización disminuyen. La calidad es insuficiente. El número de niños participantes en programas de atención y educación de la primera infancia ha permanecido estancado. Menos de dos tercios de los alumnos de primaria llegan al último grado de este ciclo de enseñanza en 41 países. Muchos docentes de primaria carecen de las calificaciones adecuadas. La alfabetización se subestima. En el mundo hay 771 millones de personas de más de 15 años que carecen de competencias básicas en lectura, escritura y cálculo. Los gobiernos y los organismos de ayuda no otorgan prioridad ni financiación suficiente a los programas de alfabetización para jóvenes y adultos. La ayuda a la educación básica sigue siendo escasa. El 60% de la ayuda se sigue destinando a la enseñanza postsecundaria. La ayuda total a la educación básica representa menos del 2,6% de la asistencia oficial para el desarrollo. La porción de esta ayuda dedicada a la alfabetización de los adultos es minúscula. Estas cifras deben llamar no solo nuestra atención sino una profunda reflexión al momento de pensar en una educación con rostro humano. Resulta inaudito confirmar que todavía estamos a una gran distancia del nivel requerido para construir una sociedad del conocimiento con criterios de equidad y justicia. Esa vocación genuina de servicio, amor y solidaridad; ese pensar en el otro nos debe animar a luchar por la esperanza de educar mejor a quienes hasta ahora no fueron formados dignamente, en condiciones saludables ni mucho menos eficaces. Para ser consecuentes con una política educativa mundial que no se olvide de los pobres debe generarse una cohesión social sólida donde de verdad tenga sentido hablar de educación para todos. Las vicisitudes a las que se ha visto sujeta la educación terminarán cuando los gobernantes estén convencidos que sin educación no podemos mejorar como personas ni como sociedad. La educación es un factor clave para fortalecer las capacidades humanas que reporta toda una serie de beneficios, mejorando la reflexión crítica, la salud, la planificación familiar, la prevención del SIDA, la educación de los hijos, la reducción de la pobreza y la participación activa en la vida cívica. Resulta abyecto concebir una globalización, un desarrollo tecnológico sin considerar la necesaria participación de los pobres y de las mujeres en su propio desarrollo, no debemos seguir excluyendo a quienes poseen el legítimo derecho de educarse para acceder a una mejor calidad de vida. Si no soslayamos la oportunidad que el escenario mundial nos ofrece para corregir nuestros errores podemos conseguir que en un futuro no lejano no tengamos que preocuparnos ya de cifras sino de formas cualitativas que mejoren la razón de ser de la educación. Esa sagacidad, ese denuedo, ese talante moral y cívico que nos une debemos aprovecharlo para aportar con iniciativas personales o institucionales que contribuyan a disminuir las tasas de analfabetismo actuales. La estructura educativa mundial a pesar de sus adelantos, todavía resulta endeble. Por tanto, la única forma de fortalecer sus cimientos es que la sociedad influya en sus gobernantes para que su voluntad política sea coherente al momento de ponderar la educación no como símbolo de mercancía sino de un medio imprescindible para convertir las políticas sociales y económicas en unos verdaderos instrumentos de mejora de la dignidad humana.