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Enfado desenfadado

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Parece que el mundo entero está enfurruñado: los políticos discuten y sus seguidores se aborrecen; los ricos se enojan y los pobres padecen; los viejos critican y los jóvenes protestan. Todos están disgustados y molestos por todo lo que los demás hacen o dejan de hacer. Cada día crece el malestar y se duplica el resentimiento.

 

La humanidad entera parece levantarse enfadada e ir incrementando su irritación a lo largo del día. La gente se enfada en el trabajo, en el coche, en la calle y en casa. Nos enfadamos con la familia, con los amigos, con los vecinos y con todos aquellos que nos rodean. La vida se hace demasiado corta para soportar tanto enfado.

 

La clave para remediar esta plaga se descubre con una pregunta básica: ¿Con quién estamos enfadados? Porque el enfado no proviene de aquéllos a quienes se lo atribuimos. Su causante no es quien nos engañó o defraudó, sino nosotros que nos dejamos embaucar. No nos enoja quien nos censura o menosprecia, sino nosotros al reconocer que las críticas son merecidas.

 

El promotor de todo enfado no vive muy lejos. Realmente sólo nos enfadamos con nosotros mismos. A veces depositamos demasiadas esperanzas en nosotros mismos, y luego la frustración nos incomoda. En demasiadas ocasiones tras aceptar sólo nuestro criterio, surge la rabieta por el fracaso de un consejo propio. Proyectamos hacia los demás la razón de nuestro descontento, cuando realmente se ha construido casi por entero en nuestro interior.

 

Hay demasiado enojo en el mundo. Hay excesiva insatisfacción con nosotros mismos. Hemos de educarnos para apreciar en todo su valor lo que verdaderamente somos y lo mucho que podemos hacer, sin crearnos falsas expectativas desmesuradas. La persona sensata y cabal jamás se enfada. La sabiduría enseña a no irritarse y a reír…se de uno mismo. Porque nadie es más ridículo que cuando se enfada… consigo mismo. He ahí el antídoto del enfado: la risa. ¡Abre el ojo, y te ahorrarás enojo!