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“Estrategias de supervivencia”

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La mujer está siendo un objeto de mercancía del que se puede abusar indiscriminadamente y el amor verdadero entre el hombre y la mujer es reducido a la pura sexualidad. El ejercicio de la prostitución denigra y afecta psicológicamente a quien la ejerce; socialmente, es un signo de degradación y de pobreza humana.

La mayoría de las mujeres no entraron en la prostitución a través de una decisión racional. No se sentaron un día y decidieron que querían ser prostitutas. Mejor dicho, es preferible llamar a esas “elecciones” “estrategias de supervivencia”. Más que consentir, una mujer prostituta accede a la única opción que está a su alcance. Su conformidad deriva del hecho de tener que adaptarse a las condiciones de desigualdad que son establecidas por el consumidor que le paga a ella para que haga lo que él quiera.

Hay personas que creen que defendiendo la legalización o la despenalización de la prostitución están dignificando y profesionalizando a la mujer que está en la prostitución. No estoy de acuerdo porque el dignificar la prostitución como un trabajo no supone el dignificar a la mujer, ya que simplemente dignifica la industria del sexo. La gente a menudo no se da cuenta de que la despenalización supone la despenalización de toda la industria del sexo, no solo la de las mujeres.

En nuestro país más de 18.000 extranjeras son víctimas de explotación sexual cada año, según publica en el día de hoy el periódico gratuito 20 Minutos.

Moralmente, la esclavitud de la prostitución es contraria a la dignidad de la persona, que queda reducida meramente al placer que se saca y, además ¿sabe la sociedad las terribles consecuencias, ni se habla sobre la cantidad de matrimonios rotos, que causa esta lacra? Porque la mayoría de los clientes son hombres profesionales bien educados, que acuden durante el día y después van a sus casas a reunirse con sus familias. ¿No saben que algún día tendrán que dar cuentas a Dios-Padre, de la fidelidad a la que se comprometieron con sus esposas?