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Fresas de mis fresares

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A las puertas del Rialto, con su reluciente delantal blanco, siempre estaba la mujer que todos los años saludaba a la primavera con las “fresas de mis fresares”.

A finales de los 60, 70, acostumbrábamos a escaparnos a la mascletá de la entonces Plaza del Caudillo. A las puertas del Rialto, con su reluciente delantal blanco, siempre estaba la mujer que todos los años saludaba a la primavera con las “fresas de mis fresares”; pequeñas, rojo intenso y apetecibles con el calor de mediodía del mes de marzo.   Son nostalgias de un tiempo en que todo empezaba a cambiar, y que al lado de lo que hoy estamos viviendo en este planeta tierra ya globalizado, se echa de menos. El sabor de la auténtica y pequeña fresa, la familia los domingos con su paella, gaseosa revoltosa tocada color vino y lionesas de nata y chocolate de postre.   Tiempos en que jugábamos por el hecho de estar juntos con los primos. No teníamos allí juguetes, pero daba igual. La mayor ilusión era estar con los primos.   Hoy, desconozco las ilusiones de los niños, pues los míos ya son mayores. Creo que todas se centran en jugar solos a la “play”, escuchar música solos en la mp3, o ver la “cartoon network” a todas horas.   Me pregunto dónde quedan las tertulias de los mayores que tanto nos gustaba escuchar a los pequeños, en las que contaban todas las batallitas de la guerra, de la mili, del fútbol, o de la tía Margarita de no recuerdo qué pueblo. No se habla en las familias. En las reuniones como bodas, comuniones, entierros, únicamente un ¿Cómo estás?, todo bien.   Valdría recordar a Edouard René, quien dice que “Educar a un hombre es formar un individuo que no deja nada tras de sí; educar a una mujer es formar generaciones venideras”.   Como en los viejos tiempos, saludar la primavera con las “fresas de mis fresares”.

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