Miércoles 28/09/2016. Actualizado 13:29h

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¿Hipócrita yo?

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Cualquier cosa antes de ser tachado de hipócrita. Nuestra tolerante sociedad se vuelve intratable frente a la hipocresía. No hace falta recurrir a las encuestas; se palpa en el ambiente. La hipocresía está sentenciada en sus distintas variantes; la doble moral, el sermón de ida sin vuelta, el escándalo farisaico... Al hipócrita se le detecta fácilmente.

 

Sus artimañas son vulnerables y pronto cae en sus propias redes. Además, juega con desventaja; está sólo contra todos. Tienen enfrente a todo el cuerpo social al acecho de cualquier patinazo o a la mínima incoherencia. A todos nos estimula descubrir la hipocresía ajena. Nos descarga de responsabilidades y nos deja buena conciencia. ¿Hay algo más barato y relajante? Al hipócrita lo necesitamos.

 

Tartufo cumple una función social. Pero el fantasma de la hipocresía no sólo acecha a personas o estamentos concretos. Hoy en día extienden su sombra amenazante a toda la sociedad. ¡Hay que ser ciegos para no advertir la hipocresía colectiva! Basten algunos ejemplos. Todos admiramos esos automóviles ágiles y veloces como para ganar un premio (que por algo se fabrican y están en el mercado), pero nos alarmamos ante el aumento de accidentes y su crueldad traicionera. Vendemos armas a los países africanos y nos escandalizamos de una guerra (la de Irak) que nos han vendido como injusta. Podríamos poner múltiples ejemplos de estos. Quiero decir que favorecemos las premisas y aborrecemos las consecuencias. ¿No es eso hipocresía de libro?.

 

Otra casuística aún más sibilina la ofrece el descubrimiento del sexo. La sociedad, nos muestran, parece que acaba de salir de una larga noche oscura, por fin tenemos un sexo inocente y divertido, desvinculado de riesgos y compromisos, despenalizado de lacras morales. Es el "sexo-aventura", el puro placer de la fantasía y la trasgresión sin límites ni cortapisas. Sin embargo, curiosa coincidencia, esa misma opinión pública festiva y desinhibida se vuelven intransigente con la violación, la pederastia, la pornografía con menores, las vejaciones sexuales, la violencia doméstica... A pesar de que el resultado le conocemos: SIDA; mujeres, especialmente adolescentes, que abortan cada año más; explotación de menores, etc.

 

¿Nuestra miopía hipócrita nos impide ver el nexo existente entre lo uno y lo otro? Lanzamos nuestro vehículo a la carrera y, pedimos más multas y más radares. ¿En qué quedamos? Iniciamos a los jóvenes en un sexo sin responsabilidades y, luego, crucificamos al salido que se pasa de la raya establecida, del convencionalismo, de lo políticamente correcto. No toleramos límites y pedimos leyes y más leyes (aborto libre, violencia doméstica...) para contener la avalancha imparable de la decadencia social. ¿Veremos algún día por nuestras calles una manifestación multitudinaria detrás de la pancarta. "Todos somos hipócritas?" o nos seguiremos preguntando ¿Hipócrita yo?.