Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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La voz del lector

Juzgar sin ofender

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Hay que cultivar la argumentación. Es una de las enseñanzas que extraigo del pensamiento de un escrito del profesor Innerarity que, en síntesis, dice lo siguiente: La insistencia en respetar todas las particularidades, dice el autor, se ha extremado tanto, que “así pasamos de la hostilidad entre las diversas concepciones del mundo a su recíproca indiferencia. La cuestión estriba en saber si es posible respetar y discutir al mismo tiempo, enjuiciar sin ofender, ofrecer razones sin necesidad de hacer como aquel que, en vez de dar datos, te daba con un dato”. La sociedad está compuesta por grupos que se comportan como concesionarios de autoestima: los hay de sexo, de género, de raza, de profesión... Nada vende hoy menos que una apelación a modificar alguna de estas adscripciones, es decir, a considerarse corregible, ampliable, comparable. Los censores de antaño son hoy los certificadores de la diferencia, que prohíben la confrontación razonable y nos condenan a todos a una irracionalidad repartida sin discriminación. De este modo nos hacemos públicamente inaccesibles. Opinar no es tanto afirmar algo de lo que no estoy seguro como afirmar algo que no quiero someter a contrastación, declarar una postura que no quiero ni puedo corregir. Lo importante de una opinión es que sea mía o tuya, la denominación de origen, y no el espacio de pública discusión en el que se arroja. Charles Taylor ha llamado la atención sobre el hecho de que al insistir en la legitimidad de elegir entre opciones diferentes privamos frecuentemente a las opciones de su significación. Nuestros sentimientos no son un principio suficiente para hacer respetar nuestra posición porque no pueden determinar qué es significativo. La inteligencia no es otra cosa que una suministradora de razones para discriminar. Si las preferencias no son discutibles, las diferencias terminan siendo insignificantes. Tolerancia no significa que todas las opiniones sean igualmente respetables, o sea, que no las haya mejores o peores, magníficas y peregrinas; lo que merece respeto es el que las sostiene, porque las personas son mejores que sus opiniones. Finalizo: ¿Qué les parece si, en la práctica, cumpliéramos con el contenido de la expresión conciliadora: “Es necesario el respeto simultáneo a las creencias y a la libertad de expresión”? La frase es de la Vicepresidenta del Gobierno, señora Fernández de la Vega.