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Silencio de oficio

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Vivimos unos tiempos, o una época, en que vista con cierta perspectiva, todo lo que está a nuestro alrededor es pura algarabía, no se para de hablar, todo tiene que ser transparente como el cristal sin caer en la cuenta de la fragilidad de este material. Y por ello al convertirnos en transparentes, no se nos ve y se destroza o nos destrozan con entera facilidad; arruinando vidas, famas, en aras de que todo debe de saberse y la maledicencia, la mentira, la difamación campan por sus fueros.

Así, ya no se respeta: el secreto del sumario dictado por un juez, conversaciones que no son ilegales, ni delictivas, pero que por su carácter delicado y que puede ser malinterpretadas deben quedar en la discreción y en lo que siempre se ha denominado silencio de oficio. Y podíamos seguir así con numerosos ejemplos. Hemos destruido, aunque habrá quien lo niegue, la presunción de inocencia. Casos hay en que después de destruir la fama, el prestigio, la honradez de un hombre; afectando gravemente también a su familia, cuando este ha sido exonerado y declarado inocente no se le restituye por aquellos que han contribuido a ello. Y estos salen indemnes del daño causado. Y llamamos a esto por ejemplo la pena del telediario, cuando es un medio audiovisual donde se practica, y nos quedamos tan tranquilos.

Y la culpa de todo ello la tenemos todos. Los medios de comunicación. Las redes sociales, como se denomina a las formas de comunicación individual que han proliferado como setas. Y todos nosotros, que contribuimos atendiéndolos cuando deberíamos ignorarlos. Y así nos refocilamos en la contemplación de programas donde se exponen las miserias que los humanos, por ser humanos, tenemos. Y algunos cobran o viven de ello. ¿Vender esa intimidad, que deja de serlo, no es tan grave como vender el cuerpo? Todo ello basado en la sagrada libertad de expresión, y en que el “público tiene derecho a saberlo”

Pero si a un medio de comunicación se le exige que diga en que basa: acusaciones, o cómo ha sabido lo que hay en un sumario declarado secreto, o cómo ha obtenido datos que trasgreden la ley que los protege. Entonces sale inmediatamente que no puede revelar las fuentes, es su silencio de oficio.

Mientras, si un abogado, ingeniero, docente, madre o padre de familia, sacerdote…, trata de amparase en su silencio de oficio; entonces ese silencio se da como prueba acusatoria, sin respetarlo. Y aunque luego resulte inocente y todo lo que se ha dicho infundado, no hay rectificación ni restauración del honor perdido quedando de por vida con el “Sambenito”. Vamos, como en los mejores tiempos de la denostada Inquisición. Vivimos una “Inquisición Moderna” que es tan cruel o más que aquella que se llegó a llamar santa.

Se habla mucho, demasiado, de regeneración de la vida pública y de la privada y es cierto que hace falta una profunda regeneración. Pues bien, como regenerar no es sino restaurar las partes dañadas o destruidas de un cuerpo, pongámonos a la tarea de restaurar lo dañado o destruido de esta sociedad nuestra y curarnos de la enfermedad que nos aqueja. Empezando por algo que se llama respeto a la dignidad de las personas; al pudor, a la vergüenza nuestra y ajena, a no llamar bueno a lo que es malo; a la discreción, a no emitir leyes que son dañinas y hacer cumplir las leyes…; a no confundir llamando veracidad y sinceridad con lo que solo es desvergüenza o llamamos transparencia. Y respetar el silencio de oficio de todos.

Mientras esto no se haga no podemos, nadie, hablar de regeneración.

 

J. R. Pablos

“Somos
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