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“Tolerancia cero” y fracaso educativo

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Los políticos hablan mucho de tolerancia. Pero suele ser para propugnar la “tolerancia cero”

Los políticos hablan mucho de tolerancia. Pero suele ser para propugnar la “tolerancia cero”. Bush anunció, en su día,  “tolerancia cero” para atajar los escándalos financieros, dispuesto a meter tras las rejas a los culpables de fraudes: “Se han acabado los días en que se podía amañar la contabilidad y ocultar la verdad.” “Tolerancia cero” es también la consigna para afrontar la delincuencia juvenil.   ¿En España, no hay modo de meter en cintura a los menores que se emborrachan el fin de semana y arman jaleo en la calle? Las distintas administraciones decretan la “tolerancia cero” con los adictos al “botellón”: prohibida la venta de bebidas alcohólicas a los menores de 18 años y vetado el consumo callejero cuando se altere la tranquilidad ciudadana.   Hace poco más de una década que celebrábamos por todo lo alto el Año de la Tolerancia. Entonces daba la impresión de que lo único intolerable era ser intolerante. Pero entonces y ahora es obligado distinguir. Una cosa es la tolerancia positiva, que lleva a admitir en los demás un modo de ser y de comportarse distinto al mío. Y otra la tolerancia negativa, que supone sobrellevar algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo. Y aunque uno crea que una sociedad tolerante resulta más enriquecedora y atractiva, es inevitable la prohibición de lo intolerable, de lo que impide precisamente esa convivencia.   Pero el recurso a la “tolerancia cero” revela sobre todo el fracaso del indispensable esfuerzo educativo. Cuando ha faltado claridad de ideas y decisión para mantener e inculcar unos valores, al final siempre se acaba recurriendo al Código Penal. Primero se asegura que en la empresa “la avaricia funciona”, y luego se termina pidiendo penas de prisión para los avariciosos que falsean los balances. Parece inútil educar en la sobriedad a los jóvenes, y se acaba prohibiendo por ley el “botellón”. Se advierte a los padres que no han de ser “autoritarios”, y cuando la delincuencia juvenil se dispara, se les acusa de abdicar de sus responsabilidades. Aunque la cirugía sea a veces indispensable, nunca podrá sustituir a la medicina preventiva.