Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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El bien y el mal

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Me viene a la memoria, una retahíla que aprendí de niña: “El sentir no es consentir, ni el pensar mal es querer; consentimiento ha de haber, junto con el advertir; mal puedo yo consentir pensamiento que no advierto, que aunque soñando o despierto esté, si no quiero el mal, que no hay pecado mortal, puedo tener por muy cierto”. Hablar del bien y del mal hoy, se antoja a algunos, como pasado de moda, ya que el bien y el mal - en su opinión - es relativo. No digamos si se menciona la palabra pecado, que les suena a chiste apolillado; y si en algunos lugares se cita el sexto mandamiento, se pone en peligro el puesto político o de trabajo, como le sucedió no hace mucho a Rocco Buttiglione. Decían proféticamente Pablo VI y Pío XII, que “el mayor mal de nuestro tiempo es la pérdida de la conciencia de pecado”. Sin embargo, el bien y el mal no dependen de ideologías. Esa pérdida del sentido del bien y del mal, lleva al hombre moderno, a cometer multitud de atropellos sin remordimientos, abocándole al nivel de las bestias, que actúan por instintos y no pierden el sueño por sus actos. Pero el hombre, ser racional, cuando se comporta como animal, no tiene excusa. Hace poco más de sesenta años, se llevó a cabo en el Centro de Europa, un Holocausto, baldón de alemanes y de toda la Humanidad. Falló el sentido del bien y del mal, que se relativizó, y falló el corazón, que, sin la orientación de la conciencia recta, se vuelve de piedra. Ahora hay otros holocaustos también horribles, en los que preferimos no pensar para que no se despierte la conciencia y podamos dormir a gusto: entre otros, las muertes por el hambre y las enfermedades por desnutrición. Nos creemos dueños absolutos de lo nuestro, sin reconocer que Dios sólo nos ha constituido en administradores y que nos pedirá cuenta de la administración. ¿Qué decir de la falta de respeto al propio cuerpo y al de otros y sin mirar el escándalo? En nuestros días, hasta han aparecido “nuevos clérigos”( ideólogos y políticos) que consagran como normal, natural y “decente”, la acción homosexual. También falla la libertad, incluso en países “democráticos”, sin asomo de temor ante los monstruos que pueden repetirse, poniendo en paréntesis la memoria histórica reciente de Alemania, de Rusia, de la España de los años treinta... Gracias a Dios, también hay mucha gente justa y dispuestas a luchar en la medida de sus posibilidades, por un mundo mejor.

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