Sábado 10/12/2016. Actualizado 01:00h

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El culebrón de la escuela

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No puede negarse la importancia de la dimensión afectiva en el desarrollo personal, pero para que de verdad contribuya a la maduración de las personas jóvenes, la escuela ha de poder garantizar, sobre todo a edades más tempranas, un espacio en el que al niño y al adolescente se le invite paulatinamente a un esfuerzo cada vez más serio.

Acaba de darse a conocer, por parte de la asociación Profesionales por la Ética, una Guía para la objeción de conciencia dirigida a padres que no deseen para sus hijos la asignatura Educación para la ciudadanía, principal novedad de la LOE que el Gobierno perpetra para dar la puntilla a la ya maltrecha escuela española.   Hay gran confusión con los famosos “borradores” del reglamento que establecerá los contenidos mínimos de la materia. El oscurantismo y la falta de claridad es algo a lo que ya desde la anterior LOGSE nos tienen acostumbrados los gobiernos socialistas, y de lo que se sirven para acabar haciendo de su capa un sayo. De lo que ahora se trata, pese a los últimos desmentidos, es de introducir en el último momento las pautas principales de la ideología “de género” después de haber hecho unos cuantos amagos de diálogo y rectificación. Ya quedó claro en la reciente interpelación que el PSOE hizo al Gobierno en el Parlamento, instándole a que emplee el sistema educativo como vía hacia una convalidación sociocultural de la homosexualidad y la transexualidad. En esto de dar la impresión de talante dialógico y, a la hora de la verdad, aplicar la ley del embudo, hay que reconocerle al partido en el gobierno una sorprendente destreza. A la ministra del ramo, después de haber negado contundentemente la presencia de la ideología de género en el futuro reglamento, se le acaba de “escapar” que, como lo que su partido llama matrimonio homosexual ya es algo legal, pues habrá que introducirlo con normalidad en el discurso acerca de los valores de la buena ciudadanía. Aviso para navegantes incautos.   La cuestión de fondo es el papel real de la escuela. Hay aquí dos concepciones antagónicas en juego: o bien ha de ser un espacio lúdico de encuentros afectivos en el que los alumnos puedan manifestar sin inhibiciones sus sentimientos, o bien ha de suministrar un ámbito propicio al esfuerzo intelectual y moral. No puede negarse la importancia de la dimensión afectiva en el desarrollo personal, pero para que de verdad contribuya a la maduración de las personas jóvenes, la escuela ha de poder garantizar, sobre todo a edades más tempranas, un espacio en el que al niño y al adolescente se le invite paulatinamente a un esfuerzo cada vez más serio.   Cualquiera que sabe algo sobre educación entiende que los jóvenes maduran en la medida en que se hacen capaces –también con ayuda ajena al principio– de hacer algún esfuerzo por superarse. Y para superarse hace falta algo de abnegación: no conformarse con lo que uno es o ha sido hasta ahora, justo para poder llegar a ser más. Esto no se consigue sin algo de esfuerzo y exigencia, diciéndole a la gente que lo importante es tener buenas vibraciones, conectar empáticamente con el entorno y con los coleguitas. Hacer todo y sólo lo que espontáneamente a uno le “brota” no es el camino para la madurez, y el mensaje de que es bueno tan sólo aquello que en cada caso uno se siente inclinado a hacer es esencialmente antieducativo.   Da la sensación de que quienes cocinan esta ley son gente sin hijos, o que se han olvidado de ellos, pues quizá diseñan para los hijos de los demás lo que de ningún modo preferirían para los propios. Parecen más comprometidos con una determinada concepción del progreso social que con el pleno desarrollo de la personalidad del educando, que es el criterio que, por mandato constitucional, el Gobierno ha de hacer primar sobre cualquier otro diseño de ingeniería social. Confundir la escuela con un reality show o un culebrón –no digamos con un club del distrito Chueca o con un lupanar– sólo es posible para quienes la entienden como una herramienta de cambio social al servicio de no se sabe qué ideología, pero olvidándose en todo caso de cualquier criterio propiamente educativo.   El primer compromiso ineludible de los profesionales de la educación no es con una ideología sino con el crecimiento de la persona como persona. Y quienes se preocupan de ayudar a los jóvenes a crecer como personas de bien, generalmente ven la educación de distinta manera que quienes sólo piensan en la “ideología del género”, los “modelos alternativos de familia” o quienes entienden la educación únicamente en términos de cambio social.

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