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El deber de educar

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Más de 70 ministros y altos funcionarios públicos responsables de la educación debatieron durante la Conferencia General de la Unesco realizada en Paris para explorar los caminos y prácticas en torno a la Educación para Todos (EPT) y los cambios en la construcción de ejemplos positivos desde diferentes partes del mundo. Koichiro Matsuura, director general de Unesco precisó que la educación es un derecho humano, instrumento pare el fortalecimiento personal y significado para un desarrollo cultural reafirmado. De la misma forma en que se abrió el debate y el diálogo en torno a la EPT, se exigió intensificar la educación usando cada vez mejores recursos humanos y económicos, se demandó que sea más continua para obtener mejores logros y alcanzar las metas. Como muy bien lo precisara la Ministra de Educación de Nigeria, “no hay que amputar la educación de la sociedad”, porque si lo permitimos estaríamos firmando nuestra propia carta de defunción. Si como sociedad no somos capaces de convertir la formación crítica de nuestros estudiantes en próspera y solvente, entonces esta educación no sería para todos sino para nadie. Es momento de terminar con esa desidia intelectual que nos abruma y que exige no solo educación para todos sino también un esfuerzo mutuo de todos por la educación. La ONU, la Cumbre Iberoamericana, la Unión Sudamericana, la Unión Europea tienen del deber ético de poner a la educación en una agenda permanente que no claudique en el tiempo. Ello implica que el desafío educativo dentro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio para el 2015 no debe ser un sueño irrealizable sino un reto impostergable que cada nación, cada pueblo, cada cultural, cada sociedad debe asumir como propio. La madurez política de quienes nos gobiernan solo podrá ser demostrada cuando pactemos un acuerdo intersectorial e internacional por una educación de calidad que priorice por ejemplo la educación infantil y la formación de los maestros. Acercar la necesaria voluntad política al bien educativo exige que nuestra sociedad influya positivamente en colocar a la educación como arma para derribar la pobreza y la exclusión social. La educación también tiene el reto de aprovechar los múltiples acuerdos internacionales para promover una integración entre las naciones y no una rivalidad entre ellas, producto de un afán hegemónico. Si la educación tuviera el efecto que deseamos, no tuviéramos que espectar pasivamente escenarios lúgubres en el ámbito internacional. La coherencia que tanto exigimos en la escuela debe ser llevada al plano político para que no tengamos a quienes dicen defender la vida, pero que a la vez violan los derechos humanos. Una mirada diáfana para la educación solo la tendremos cuando dejemos de aplicar paliativos temporales que solo solucionan la crisis mas no el problema. No existe una conspiración en contra de la educación, lo que existe es una apatía política por entender que la educación de la persona es la base fundamental para comprender cualquier desarrollo social o económico que se pretenda. La principal rémora social que hoy queremos superar es esa deficitaria calidad educativa, en la que sin duda alguna, todos debemos aportar en algo. Nuestros actos sociales serán indelebles cuando eduquemos con el ejemplo, cosa que muy pocos políticos han aprendido. La educación no debe formar parte de una intención subterránea y sumisa, sino más bien una acción firme que sale a la superficie por su propia causa. Nuestros derechos humanos serán respetados cuando por efecto de una buena educación comprendamos la dimensión integral de la persona. Una verdadera educación para todos la alcanzaremos cuando apostemos por construir firmemente una sociedad culta, con altos niveles intelectuales y sólidos valores morales. Pensar así, quizás no sea políticamente correcto, pero sí socialmente responsable. Solo podremos encontrar un sosiego espiritual cuando nuestros actos calen un desarrollo social y educativo, ese será el mejor legado para las próximas generaciones. Por ello, no se equivoca el escritor y filósofo Rafael Argullol cuando demanda que debería formularse una Declaración Universal de los Deberes Humanos, dentro de la cuál el primer deber según él, es el de pedir perdón, para mí el segundo sería el de educar con amor a los demás.