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El desgarro de España

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El peneuvismo considera el 30 de diciembre como el día del funeral del Estatuto Vasco, pero: ¿solo del Estatuto? El hecho fúnebre puede que sea aún mucho mayor: “persiguen celebrar las exequias de España”, pretendido final del Lendakari y compaña independentista. Sí; y sin tremendismo. Pero de cualquier manera ya esta bien de soportar afrentas de los de siempre, los obsesos antiespañoles que han conseguido llevarnos a esta situación tan extremadamente peligrosa. Así, diciendo las cosas con claridad: “España esta al borde de la fractura”, como puede que nunca antes, y de una forma tan sutilmente consentida, lo haya estado. Aunque la gravedad llegue ahora, con el Plan Ibarreche, ese nuevo capítulo del sinsentido al que asistimos con el desafío nacionalista. Esos actores disfrazados de demócratas unos (el xenófobo aranísmo) y sin rubor ultracomunistas otros (los terroristas Batasunos); cuyo apellido será distinto, pero idéntico su nombre: separatistas. Vascos hoy; pero mañana catalanes que, algunos, también les van a la zaga. No les mueve voluntad alguna de convivencia u objetivo limpio, que comparta la totalidad del pueblo, ni siquiera la recursiva búsqueda de la paz; pues así como una mitad de los ciudadanos vive sin libertad y con angustia, la otra goza cuando menos del respeto de los sicarios. La sugerencia de abrir negociaciones es un nuevo insulto. No hay nada que negociar. La segregación de una parte de la heredad que es la España común es algo que, en el improbable caso de plantearse, habría que consultar a todos los herederos. Pero, ¿por quién se cree llamado ese presidente regional para ofender con sus delirios al viejo pueblo español, y a una inamputable parte de él como el vasco? ¿A qué acantilado empuja a sus coterráneos con su cainismo y su hispanofobia? Sin dar un paso más en su decálogo de locura, ya está dañando a quien pretende salvar con su independentismo. Algunos españoles, como reacción indignada ante el agravio, empiezan a sentir distancias que pueden trocarse insalvables con lo vascón, y traducirse en serios perjuicios para el bienestar socioeconómico vascuence. De todo, el único culpable ante la historia es y será él; él y la paranoia esquizoide de sus mentores. ¿Piensa el mesiánico Ibarreche que se puede estar constantemente poniendo en debate la legitimidad de una de las naciones mas solidamente unidas del mundo. España es una realidad admitida en la historia universal sin discusión. No puede esta nación estar pendiente de en qué momento de la historia se encuentra como tal, dirimiendo y dilucidando en cada época si vive o es tan sólo un espejismo, de si debe continuar existiendo o es mejor que se suicide. Pero no ocurrirá. El respeto por la democracia y la libertad en absoluto obliga a que ante situaciones de amenaza grave o emergencia nacional, se haga dejación de diligencia en la toma de medidas de gobierno legales y constitucionales, de todo tipo, en defensa y salvaguarda del legítimo interés de la mayoría representada. Empezando por explicar sencillamente, para que todos lo entendamos, lo que se va a hacer; llamando al pan, pan, y al vino, vino, es decir: ¡La heredad secular, el soto patrio, no se cuartea ni se desgaja!, señores nacionalistas de cualquier sitio de España. La recibimos unida, pro indiviso, como herederos comunes hasta que nos toque legarla a los que nos sucedan: intacta, como así ocurre desde hace mas de 500 años. La arbitrariedad secesionista no cabe aquí, ni se acepta en el concierto de los estados democráticos aliados. Y si en su demencia siguen pretendiendo un referéndum: ¡nos han de preguntar a todos! ¡Déjense de aldeanismos y no embauquen al pueblo! Expliquen a sus conciudadanos la verdad. O, ¿ es que se podría desunir el piso primero de un edificio sin acuerdo del total de propietarios puesto que afecta básicamente a la estructura única y sólida que lo conforma y lo sostiene. No, aunque el ejemplo, que se entiende, resulte filosóficamente primario. La Europa de los estados es el futuro, con cabida para regiones y autonomías sí, pero dentro de cada vertebración nacional. La unidad que construyeron los distintos pueblos hispanos fue producto de la mezcolanza y el trasvase de hombres, una tarea común de años y generaciones que, en alto porcentaje, no nacieron allí donde trabajaron. Fue un logro impregnado de sudor, sufrimiento y sangre común que no se puede poner en duda según el modismo político; la elucubración Kafkiana de algún iluminado, arrepentido “in articulo mortis”; o la locura senil de algún jesuítico excéntrico. Si ahora “Las Vascongadas” son así de prósperas, no lo fueron siempre. De otros lugares de España llegaron mil brazos y manos que encallecieron luchando por su prosperidad. Tenemos por tanto todo el derecho a saber que parte del terruño norteño alisaron nuestros paisanos, que raíles clavaron o que pilares fabriles levantaron. Hubo cientos que regaron esa tierra con su esfuerzo, y la abonaron con sus restos, que allí se dejaron la vida y que allí alumbraron a sus hijos, para ayudar a construir una región en la que jamás sentirse “maketos”. Se pueden aducir y argumentar razones históricas, o citar el juicio de pensadores y teóricos de las más dispares ideologías, o acompañar legalidades sin límite para no cuestionar ni por insinuación la indivisibilidad de España. Pero, hasta el mismo etarra Otegui pareció tenerlo claro cuando dijo con un profundo y tenebroso desprecio: “…son españoles, están a favor de la sacrosanta unidad de España”. Pues eso, para que matizar. Solo que esa unidad nació a la luz de la modernidad, y el nacionalismo cavernícola nos retrotrae al oscuro medioevo.