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Hacia una educación “personalizada”

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La igualdad radical parece haber agotado lo mejor de sí misma. Ahora hay que dar cauce a las diferencias, justamente para erradicar en lo posible la exclusión o las marginaciones y lograr así una auténtica igualdad de oportunidades.

El debate de la coeducación nace en medio de la lucha por los derechos de la mujer. En medios muy reputados se reflexiona sobre este asunto porque preocupa los efectos de la coeducación: las chicas siguen recibiendo una orientación deficiente que les lleva a escoger las salidas con menos futuro a pesar de sus mejores calificaciones; además siguen siendo víctimas de violencia sexista.   Parece justo otorgar un trato diferenciado a lo que la naturaleza misma distingue. Pero no se trata sólo de una reivindicación tipo feminista, sino de algo bastante más profundo: replantear la educación en sí misma, virando hacia una educación “personalizada”. Algo que aunque se observa como novedoso en países como Suecia, sin embargo, no es del todo nuevo en España, pues es una postura mantenida desde hace tiempo, aunque desatendida por la mayoría, por prestigiosos pedagogos españoles, como Víctor García Hoz, para el que la “personalización” incluye la dimensión social de la persona sin dejar de atender a su individualidad y demanda la adecuación de la respuesta pedagógica a las diferencias humanas psicológicas, sociales y culturales.   Los últimos estudios de educadores, psicólogos y pedagogos, revelan que la escolarización diferenciada consigue sacar lo mejor de los estudiantes, ya que, entre otras cosas, se tienen en cuenta los distintos ritmos de aprendizaje de alumnos y alumnas. Hace falta una atención personalizada, más asequible cuanto más uniforme sea el grupo. Una cierta uniformidad permite atender mejor a la diversidad. Una clase sólo de niñas tendrá unas características de variables emocionales, conductuales, evolutivas mucho menos dispares que una clase mixta, por consiguiente, más fácilmente se podrá llegar a cada alumna.   La igualdad radical parece haber agotado lo mejor de sí misma. Ahora hay que dar cauce a las diferencias, justamente para erradicar en lo posible la exclusión o las marginaciones y lograr así una auténtica igualdad de oportunidades.