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Una gran lección

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En la reciente Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Colonia (Alemania) y en la que se congregaron miles de jóvenes de 193 países, el Papa Benedicto XVI no sólo demostró un talante firme por transmitir el mensaje de Dios en los jóvenes, sino que los comprometió para que sean un efecto multiplicador positivo en este desafío ético que se le impone a la iglesia. Los aspectos principales en los que el pontífice ahondó en su encuentro con los jóvenes han sido: la profundización del ecumenismo, la condena del nazismo, su preocupación por la expansión del terrorismo y, la reafirmación de Dios como expresión clara de lo bueno, lo auténtico y medio único de transformación del mundo. En el ecumenismo, tuvo encuentros con representantes de la Iglesia Luterana, organizaciones musulmanes, judías y evangélicas. Al respecto demandó que judíos y cristianos tuvieran un diálogo más sincero, confiado, que se conozcan mucho más y mejor. Esta intención es coherente toda vez que reafirmó su voluntad de convertir al ecumenismo en una prioridad de su pontificado. Por tanto resultaría anacrónico y utópico pensar en un liderazgo de la iglesia cristiana sin una apertura a las demás confesiones. Lo importante será que producto de ese diálogo, permitan encontrar criterios comunes para ayudar a que la sociedad actual encuentre un horizonte claro en cuanto a temas como la defensa de la vida, la paz y la justicia. Su condena al nazismo fue contundente, sobre todo cuando visitó la sinagoga de Colonia, donde recordó a las víctimas judías. Visita por cierto histórica, pues no olvidemos que el Papa procede del país que dirigió uno de los genocidios más reprobables de la historia de la humanidad. El arriba firmante está convencido que no solo el pontífice sino todos nosotros no podemos caer en eufemismos al momento de llamar al nazismo como el peor oprobio contra la dignidad humana. Basta con recordar las innumerables pérdidas como consecuencia de ello, para generarnos incómodos vértigos humanísticos. Su preocupación por la expansión del terrorismo se debe a las continuas e incesantes muestras abyectas de grupos que arremeten contra la vida. Frente a ello, instó a que los líderes islámicos asuman la responsabilidad de educar apropiadamente a las generaciones más jóvenes. El reto para la educación no se limita a un respeto por la orientación religiosa del educando, sino y sobretodo de una formación lo suficientemente profunda y bien pensada como para que los niños que se educan hoy no sean los terroristas potenciales del mañana, y no tengamos que acostumbrarnos a mirar con estupor actos tan inadmisibles como los de Nueva York, Madrid y Londres. También reafirmó a Dios como centro de la moral, medio insustituible en la búsqueda de la verdad y la inclinación hacia el bien. Frente a los totalitarismos hay que presentar el amor a Dios, que está dispuesto a ayudarnos siempre y cuando los seres humanos abramos nuestros corazones. Para lo cuál hace falta que muera nuestro egoísmo y soberbia, ese hombre viejo y tirano que está dentro de nosotros y que muchas veces nos impide ser mejores y demostrarnos como realmente somos. Precisamente la felicidad es una consecuencia de habernos decidido oportuna y audazmente por vivir bajo los principios de la fe y la razón. No podemos olvidarnos de Dios ahora que el mundo necesita de personas con una inteligencia, una voluntad y un corazón bien orientados para asumir con valentía las complejas cuestiones sociales, éticas y espirituales. Es momento de buscar el amor y mediante él luchar por transformar este ambiente tan estentóreo e impulcro moralmente y que no ayuda para nada a que la persona crezca. Por el contrario debemos recobrar el sentido de la esperanza puesta en Dios para reivindicar esa melodía cadenciosa que se deja escuchar en nuestras almas cada vez que actuamos bien, o al menos luchamos por ser coherentes consigo mismos. Los jóvenes tenemos el desafío de convertir estas cloacas morales que se muestran escurridizas ante la verdad, en una actitud genuina con alto sentido ético que convierta esta sociedad que tiene una profunda sed de cambio. No podemos quedarnos callados ante la dictadura del relativismo, para la cuál todo es permitido. Mas bien, debemos proponer un proyecto de envergadura mundial que apueste por todo aquello que haga trascender a la persona. Todos estamos llamados a hacer algo para terminar con este anarquía espiritual que nos consume, levantarnos de esta modorra ética que nos entretiene con sueños ficticios de poder material, pero que al final la verdad relumbra cuando nos muestra la pesadilla del mal. Somos seres humanos y provenimos de Dios. Nuestro amor debe traspasar las fronteras que nosotros mismos nos hemos implantado. Superemos ese espíritu endeble que a veces nos invade. Porque si no tengo amor, no soy nada. Porque, como precisara Benedicto XVI, “¿Qué puede salvarnos si no es el amor?”.