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El ser humano: Sus miedos y su libertad

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En épocas de crisis el ser humano se ve abrumado y, al pensar en su futuro, cree ver toda una serie de sombras que oscurecen su presente y le agobian. En un esfuerzo por salir a flote de cualquier manera, algunos recurren a adivinos o videntes con el deseo, lleno de ansiedad, de encontrar alguna posible luz y, sobre todo, con la esperanza de que le auguren acontecimientos afortunados en su vida. De aquí la proliferación de “servicios” que se ofrecen: futurología, cartomancia, transferencia de energía, talismanes, etc. Por otro lado, se observa que la represión de la espiritualidad unida a la masificación, está provocando en muchos seres humanos un fenómeno de despersonalización que se traduce en un aumento alarmante y progresivo de depresiones y síndromes de angustia como consecuencia de vidas sin sentido.

No puede ocultarse un hecho evidente en la actualidad: muchos medios de comunicación social, en especial la radio y la televisión, ejercen presiones desmoralizadoras que están conduciendo a los más vulnerables – niños, jóvenes y adultos inmaduros – a una degradación de su propia dignidad humana.

Estamos presenciando este fenómeno generalizado de despersonalización que no tiene como causa un trastorno mental sino una presión sociológica ambiental que está “cosificando” al ser humano. Cuando se masifican, el hombre y la mujer se convierten en seres fácilmente manipulables porque, por lo menos, se debilita su sentido de responsabilidad personal.

En la sociedad de hoy, en el ser humano actual, se encuentran grandes dosis de agresividad que es la forma más primitiva de responder a la frustración. Se puede producir en el inconsciente una especie de deseo de venganza contra la sociedad, las instituciones o las personas. Esta venganza se canaliza, en ocasiones, por las vías de la murmuración, de la crítica amarga, de la calumnia y de la difamación. La agresividad, como una forma primaria de desahogo, se refleja en las actitudes de algunas personas que intervienen en debates televisivos, entrevistas y publicaciones.

Puede llegar a perderse la capacidad de sonreír sincera y amablemente, se puede endurecer la mirada hacia los otros y todo ello deriva, frecuentemente, en manifestaciones exteriores: gestos y modales bruscos, empleo de palabras malsonantes, exhibido como algo que está de moda por parte de aquellos que quieren aparecer como progresistas. Actualmente la zafiedad se extiende como plaga epidémica y, lo que es peor, aunque afecta especialmente a los más jóvenes, la difunden adultos acomplejados que enarbolan la zafiedad como expresión de libertad y progreso.

Se oye con cierta frecuencia: “vivimos tiempos de progreso”, “el ser humano evoluciona”, etc. y tras estas afirmaciones se esconde en muchos un sentimiento de impotencia ante el hecho del deterioro de los valores que dignifican la existencia humana. Kierkegaard define al ser humano como

una síntesis de finito e infinito, de temporal y eterno, de libertad y necesidad. El hombre es un ser para la libertad ya que es la propiedad primordial del ser humano. Pero hay que rechazar la desvirtuación del sentido de la libertad pues se aprecia fácilmente todo un proceso de falsificación. Se confunde la libertad con la independencia absoluta, con la ausencia de todo compromiso. El ser humano posee la libertad con una finalidad clara: amar el bien y la verdad. Cuando se desconecta de esta finalidad, la libertad sufre una degeneración que conduce a la esclavitud y desnaturalización de ese ser humano.

El ejercicio de la auténtica libertad queda notablemente resaltado en estas declaraciones del psiquiatra Viktor E. Frankl: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que fueran pocos en número pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias – para decidir su propio camino.”

El Dr. Frankl hacía ver que, aún en aquella situación extrema, siempre había ocasiones de elegir ya que, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión: someterse, o no, a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna. Había que elegir si se iba a ser, o no, el juguete de las circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, para dejarse moldear y convertirse en un recluso típico. Afirmaba: “Es esta libertad espiritual la que no se nos puede arrebatar.”

“Somos
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