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La humildad en los economistas

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Me voy a referir a Friedrich A. Von Hayek, después de leer y pensar en parte de su obra, con la escasez de mis posibilidades de todo tipo. Comparto la opinión, que el profesor García-Durán ha manifestado de Hayeck: “ha sido uno de los economistas y pensadores que marcaron el siglo XX.” Le concedieron el Nobel de Economía con Gunnar Myrdal y es quizá la persona que más ha insistido en el papel de la humildad en la vida económica. Como eso no ocurre todos los días, vale la pena recordar algunas de sus reflexiones. Su famoso libro “Camino de servidumbre” (aunque tal vez esta obra no se entendería fuera del contexto en que fue escrito: la crisis del liberalismo) es una critica a los responsables de la política económica, porque la mayor parte de sus intervenciones provocan nuevos desarreglos que llevan a más intromisiones. Sus recomendaciones, les vendrían muy bien a nuestros políticos del área económica. Que recapaciten sobre los datos económicos y sociales de los primeros días de febrero del 2006, que van a pasar a la historia como el jueves negro para nuestra economía, porque: los precios se disparan, el IPC, a pesar de las rebajas de enero se eleva al 4,2% interanual; 70.000 parados más y 32.000 afiliados menos en la Seguridad Social. A partir de ahora: ¡Un poco más de humildad y realismo, señores del gobierno! La conferencia pronunciada por el economista, al recibir el premio Nobel, constituye una pieza literaria magistral donde patentiza una crítica a la pretenciosidad de los intelectuales dedicados a los asuntos de la economía, que, en vez de proponer sugerencias a los hombres de acción, pontifican desde su torre de marfil. Para cualquier persona con sentido común, por tanto no inspirado en la soberbia, el desarrollo depende, sobre todo, de la humildad de imitar el comportamiento de quienes quieren hacer lo mismo que yo y lo hacen mejor. Así de sencillo. Esa aceptación de la superioridad del comportamiento o de las virtudes del otro es la base de lo que los economistas llaman match-up, es decir, la capacidad de aprender de los procedimientos de los otros y copiar lo mejor de ellos. Es curioso que casi toda la literatura sobre dirección de empresas y cultura empresarial insiste también en que saber escuchar, saber reconocer las buenas ideas del otro, saber aceptarlas, es una de las principales virtudes del gran director de empresas.