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La voz del lector

Donde la izquierda pierde su honesto nombre

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Esa izquierda "moderada" ha empezado a perder su honesto nombre, tiempos turbios para las cuestiones sociales.

Nacemos, nos reproducimos y morimos. Parece mentira que en tan corto periplo de tiempo siempre tengamos el instinto de cambiar de una tajada y por generación sublime las injusticias que pesan en nuestro corazón. Uno ha de ser muy insensible para no ver en su contemporaneidad tanta injusticia, pero también se peca de la ingenuidad de que en un intervalo microscópico de tiempo vamos a cambiar toda la naturaleza de milenios.   Este hecho nos ha llevado a ideologías utópicas y metafísicas que todos conocemos: Millares de muertos en nombre de la justicia y la libertad transformados en un desasosegante final práctico donde se han visto fracasar nuestras utopías cuya única realidad ha sido la de las víctimas que no cometieron otro delito que no hallarse en la circunstancia y en la época oportunas. Todo ello ha hecho reducir mi pequeño corazón justiciero a una simple socialdemocracia liberal, donde ande pendiente de lo injusto inmediato como pueda ser el revelarme ante cierres de empresas con montones de despidos, el paro, los contratos precarios, la inflación dopada de la vivienda, etc.   Llegada a mi humilde aportación de lo que considero justo y ante la decadencia de ideologías sociales veo con estupor crecer un nuevo Goliat justiciero y que ha llegado a llenar los vacíos que han dejado las ideologías más sentimentales que pragmáticas. Este nuevo Goliat no es ni más ni menos que la sustitución de las injusticias sociales directamente vinculadas con los seres humanos por unas justicias muchísimo más abstractas como si de un cuadro de Salvador Dalí se tratara.   Esta nueva izquierda ha hallado un nuevo adalid de la justicia que son las lenguas y las naciones a forjar. Es curioso; uno ya no es fontanero, albañil, ingeniero ni un "sin techo", sino que es un simple símbolo andante de una lengua y por ello ha dejado de ser individuo, sino un mero número autómata para defender lo mucho que sufren los idiomas y las naciones. Podemos cuestionarnos los fracasos leninistas, marxistas, troskistas, bakunianos, pero la gran sorpresa es que hemos dejado de ser entes vivos más o menos oprimidos, más o menos mal pagados, más o menos con mayor o menor capacidad adquisitiva para transformarnos en un ejército de lo que realmente sufre: Las Lenguas y Las Naciones. Una pensaba que la práctica histórica servía para aprender, pero los tintes de nuestra actualidad parece que han buscado una nueva utopía que ya ha dejado alguna víctima por el camino que no volverá, por no hallarse en la época ni en la circunstancia adecuada, perdón esto lo tengo que corregir no es que no se hallase en la circunstancia adecuada es que no usaba la lengua adecuada ni era un buen soldado de la patria onírica.   Lo grave de esta enfermedad no son los titiriteros que manejan los hilos, sino los ejércitos civiles que han sabido formar, a través de 25 años de preparación militar para la patria, desde las escuelas, desde los medios, desde esa venta cainítica del odio disimulado con buenas palabras victimistas. La derecha siempre ha sido criticable, porque es una praxis y como praxis tiene sus defectos reales palpables, pero la izquierda utópica se ha subido a un nuevo carro, que como siempre no es criticable hasta ver su producto y para dicho producto ya está utilizando los métodos más "democráticos" posibles. ¿Quién les devolverá la vida subyugada a los fenecidos en esta época, ya no por sus posiciones más o menos adquisitivas sino por un servilismo ya no hacia una empresa palpable con empresario físico, sino un servilismo hacia esa fantasía demencial de lenguas y patrias?   Muchos serán las víctimas, ora físicas ora psicológicas, que se aferrarán a esta nueva cadena en nombre de la izquierda y mientras las gentes quedan adormecidas en nombre del nuevo sueño que se ha alzado en este país como la nueva bandera de la izquierda, perecerán. Quizás perecerán ilusionados con su País de las Maravillas, pero vendrán nuevas generaciones desencantadas, nuevas generaciones donde no verán caer la estatua de Lenin, sino que verán su nación impoluta con las mismas virtudes y defectos de cualquier nación actual, que se aferra al término arcaico de "una lengua, una cultura, unas costumbres". En un mundo donde, a no ser que seas un país desgraciadamente subdesarrollado, tiene tendencia a una desaparación quasi Popperiana del término que nos ocupa.   Pues nuestros representantes de la izquierda se han alzado en Quijotes de que se está muchísimo más a la izquierda cuanta mayor sea la estima hacia representaciones simbólicas de tierras, no a las condiciones de sus habitantes. Esa izquierda "moderada" ha empezado a perder su honesto nombre, tiempos turbios para las cuestiones sociales.