Miércoles 07/12/2016. Actualizado 12:04h

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El letargo educativo

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Salvo honrosas excepciones, la educación en el mundo se encuentra penosamente en un estado de orfandad existencial, no porque no tenga sentido en el desarrollo económico y social, sino porque ciertamente se ha desvirtuado su fin.

 

La educación busca desesperadamente de alguien que la adopte y le haga sentir que tiene sentido su razón de ser, que le haga recordar que puede cambiar el modo de vivir de las personas.

 

Es innumerable la diversidad de realidades que evidencian esta situación: permisividad de los padres, decrépitos sistemas educativos, deficiente formación de los maestros, precaria infraestructura, pésimos (o no deseables) resultados académicos de los alumnos, falta de continuidad en las políticas educativas, uso político y mercantil de la educación, falta de valentía para construir una sociedad educadora y también, una clara incoherencia de los políticos y gobernantes por priorizar su desarrollo.

 

Aquí, quienes deben hacer un autoexamen no sólo son las instancias educativas, a quienes paternalmente se les echa la culpa de todo, sino todos los que formamos parte de esta sociedad que se ha divorciado desde no hace poco tiempo de la niña de sus ojos, aquella que puede rejuvenecer objetivamente sus más nobles anhelos cívicos y democráticos: la educación.

 

Es paradójico ver cómo se lleva a la promesa pública el tema educativo, y por el contrario darnos cuenta que las buenas intenciones se pierden en la desidia.

 

Tampoco se trata de condenar a la educación a un pesimismo exacerbado, pues en verdad que sí existen instituciones como la UNESCO, CEPAL, UNICEF, etc; que saben liderar las investigaciones y propuesta de políticas obsecuentes con el progreso social. Sin embargo, otros actores inconscientemente se han puesto de acuerdo para conspirar contra la educación, que no sólo forma mentes humanas sino también personas.

 

Causa estupor el modo en cómo algunos medios de comunicación, el mal ejemplo de los políticos, la irresponsabilidad de ciertos padres, y otras tantas muestras de actitudes poco educativas (por decir lo menos), han generado un ambiente nocivo para que el ser humano se eduque de acuerdo con su dignidad.

Lo peor de todo es que mayoritariamente y con algunas variaciones, ni la escuela es capaz de formar personas con pensamiento crítico y el Estado tampoco de potenciar las aptitudes de los mejores estudiantes. A ello se añade un modelo de sociedad anacrónico, donde la calidad educativa es proclive no sólo a la enfermedad sino también a la muerte.