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La naturaleza femenina

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Ir contra la naturaleza es ir contra sí mismo. Pero una venda en los ojos, la ideología del género, no les permite distinguir a algunos, las diferencias esenciales entre hombre y mujer, iguales en  dignidad pero diferentes en su sexualidad.

En los DNI ya se ve algo tan estúpido como varón femenino o varón masculino (V-F, V-M), y lo mismo si es mujer (M-F, M-M). No se han dado cuenta de que nuestro ser, con independencia de los estereotipos culturales, tiene una triple dimensión: física, psíquica y espiritual, tan íntimamente trabadas, que  si se altera su armonía, aparece una disfunción patológica.

La lucha por la liberación de la mujer es justa, como lo fue también contra la esclavitud. Se tardó en comprender  que es tan capaz como el varón para puestos elevados en el mundo de la cultura,  la política, la economía, el sindicato, etc. Pero la liberación de la mujer no consiste en que se libere de su naturaleza femenina, sino en que  nadie la manipule y pueda cultivar los valores que le son propios: un  particular espíritu de servicio; una fina sensibilidad hacia la estética, el pudor, los problemas humanos... y una particular intuición y habilidad para resolverlos.

La mujer debe sustraerse al afán manipulador de quienes quieren convertirla en un producto, en un objeto de publicidad o en elemento de atracción del varón con fines comerciales. Hacia esa lucha deberían dirigirse aquellos movimientos feministas que persigan seriamente  la promoción de la mujer y no otro tipo de alienación encubierto.

Se nos intenta convencer de que la familia y la casa son una esclavitud,  cuando lo cierto es que nos sentimos más esclavas cuando trabajamos fuera y no podemos dedicarnos a los nuestros como nos gustaría. Las mujeres que somos  madres y esposas no nos sentimos  alienadas sino, en general,  muy felices de nuestro estado y función.  La educación de la mujer ha de perseguir que sea muy mujer, que sea ella misma. 

Es necesario valorar el matrimonio, cuyo nombre arranca de la cualidad femenina (física y psíquica) para la maternidad. La mujer en la familia se suele sentir como pez en el agua; incluso las profesionales por vocación. Muchas echan de menos la limitación de tiempo para estar con los suyos, en especial cuando los hijos son pequeños.  ¿Nos hemos fijado en el rostro cansado de tantas mujeres en el autobús cuando regresan del trabajo? ¿Podrá ser su dedicación a la familia igual? Es cierto que el marido debe compartir las tareas domésticas y de educación de los hijos; pero ellos tampoco son de hierro. Cuando trabajan los dos muchas horas, la  dedicación a los suyos, tan necesaria,  es por fuerza deficiente.

Creo que es necesario valorar también el trabajo de la mujer en casa. Sería de justicia que el Estado manifestara ese reconocimiento mediante la concesión de un sueldo para que no se vean obligadas a trabajar fuera, sobre todo si tienen niños. La aportación de la mujer  a la sociedad por lo que respecta a la atención y educación de los hijos, es impagable.

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