Miércoles 07/12/2016. Actualizado 12:04h

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La voz del lector

La pena nos conoce al llanto

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Esta sociedad genera demasiadas víctimas y ofrece pocos consuelos.

Esta sociedad genera demasiadas víctimas y ofrece pocos consuelos. Las riadas de dolor y pena se desbordan en llanto. La calle es un verdadero espejo, donde vemos que se ha perdido la humanidad y se han ganado barbaries y bravuras. En estos momentos, el dolor humano, la sensación de impotencia y los interrogantes profundos, son sentimientos que invaden a muchos ciudadanos, a los que les falta lo más importante, seguridad para no temer un futuro que no quieren. Cuando las víctimas del terrorismo declaran haberse sentido “moneda de cambio”, en alguna ocasión, los poderes del Estado, todos a una, debieran empeñarse en aplacar el ambiente. Hay que sentirse solidarios con los que sufren, y buscar desde la seguridad jurídica que nos otorga la constitución, una respuesta que tranquilice a la población. Es de justicia, qué no se olvide a esas gentes que han perdido tanto. Ahí están los irracionales ataques terroristas que causaron miles de víctimas e innumerables heridos. Tan salvaje crueldad tampoco puede originar una espiral de odio y de violencia. Por ello, siempre hay que escuchar a las víctimas, prestándoles la mayor asistencia posible, porque la persona sólo se puede rehabilitar desde el amor comprensivo. No es problema que las víctimas del terrorismo se manifiesten, uno que lo hiciese ya debiera ser suficiente para prestar atención al motivo que le ha llevado a manifestarse; es más, pienso que debe facilitarse la legalidad a mostrar la queja ante el pueblo, el desahogo a denunciar un futuro sin temores. Es muy fuerte que el presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, José Francisco Alcaraz, alce su desconsolada voz y denuncie a corazón abierto haber sufrido la muerte física de sus familiares y que ahora se pretenda la muerte civil. Su grito, cuando menos, debe hacernos reflexionar a los demócratas. Ante la barbarie, uno se queda profundamente turbado, y se pregunta cómo puede la mente humana actuar así. No menos me conmueve el dolor de los familiares, que si notaran nuestra cercanía humana estoy seguro que no saldrían a la calle a recordarnos que han sido víctimas del terror de unos asesinos. Esto es lo verdaderamente preocupante, que se sientan además olvidados. Si en verdad trabajásemos por la edificación de una atmósfera más fraterna y solidaria, a pesar de las dificultades y los obstáculos que pueden encontrarse en este camino obligatorio e impostergable, tendríamos en cuenta lo que las víctimas nos digan para confluir en una mayor concordia entre todos. Ahora bien, de ninguna manera se puede permitir que la actividad criminal, siempre perversa e injustificable, se convierta en algo rentable en términos políticos. El perdón no puede contraponerse a la justicia. No es de recibo inhibirse ante las legítimas exigencias de reparación del orden violado. Por el contrario, la compasión conduce a la plenitud de una justicia que pretende la curación de las heridas abiertas. Es compasivo, pues, poner oído a lo que digan las víctimas si queremos avanzar. En cualquier caso, no es una buena noticia para nadie que la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) vaya por la tercera manifestación en poco más de un año, con el apoyo de arraigados colectivos. La paz sólo puede nacer del encuentro de la justicia con la clemencia. Para ello, me parece que debemos potenciar otras ternuras desde los gobiernos y otros amores más verdaderos desde la ciudadanía.