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Cómo rentabilizar la “caja tonta” con el mal gusto

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Esta claro que el medio televisivo camina hacia el mal gusto, la vulgaridad, la ordinariez y la mediocridad a pasos agigantados.

Sr. Director: La batalla por la audiencia televisiva no conoce límites. Las distintas cadenas de televisión estadounidenses luchan con todos los medios para privar de telespectadores a la competencia. No están dispuestas a perder posiciones por ello, las grandes cadenas incrementaron los programas sensacionalistas, el erotismo y la violencia, todo cuanto roza los límites de lo permitido. Pero pronto llegó la reacción de algunos anunciantes que decidieron retirar su publicidad de aquellos programas que atentaban contra la moral, las buenas costumbres y los principios de la libertad y la convivencia. Para estos anunciantes estadounidenses las cadenas de televisión habían llegado demasiado lejos en su intento de ganar audiencia.   Las opiniones al respecto llegan hasta nuestros días, incluso llegaron a nuestro país cuando una famosa casa de galletas se negó a seguir patrocinando un programa por razones de esta misma naturaleza.   Esta claro que el medio televisivo camina hacia el mal gusto, la vulgaridad, la ordinariez y la mediocridad a pasos agigantados. La violencia, el sexo, el morbo por la vida privada, la inexistencia de los más elementales valores morales, éticos o sociales, son moneda de cambio en nuestra programación televisiva. Y todo ello fundamentado sólo con el objetivo de crecimiento, en una búsqueda de la rentabilidad. Y la publicidad ni debe ni puede ser cómplice de todo ello. La publicidad tiene que exigir el cumplimiento de un código ético en todos los espacios donde se vayan a emitir sus spots. Sería caer en un error suponer que todos los programas son perniciosos, que no pueden emitirse para el ciudadano de hoy, desde los presupuestos y las opciones actuales.   Es bueno recordar que existe una frontera entre lo correcto y lo incorrecto, lo violento y lo no violento, lo moral y lo inmoral. Y que ese límite no puede ser traspasado por respeto a todos los públicos, pero mucho menos en aras de una mayor rentabilidad. Porque esto sí que sería mal gusto televisivo.