Lunes 05/12/2016. Actualizado 14:44h

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La voz del lector

Sin solidaridad no hay justicia

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Como un portazo en las narices, la amargura la recibimos a diario, está a la orden del día, porque tenemos el corazón helado y un ejército de depredadores que nos chupan las entretelas.

Cuando se ven tantos sufrimientos y se escuchan pasos de rabia por las habitaciones del aire, se me cortan las palabras y pienso para qué tantos manifiestos, tantos discursos, si no somos capaces de apagar la venganza, de poner en orden el mundo y conjugar una respuesta global sobre inmigración. Siento que todo el veneno se nos va por la boca, haciendo que la violencia y la criminalidad suba como la espuma. Palabras que fueron alegres como la esperanza, apasionadas como el beso en los labios, amorosas como un suspiro, han perdido el signo de la claridad y el carácter de lo auténtico. Un castillo de falsedades nos dejan mudos, mientras los ojos de los farsantes reparten abrazos que son despedidas. A poco que uno se haga débil, le envían a rodar por un terraplén para que la soledad te entierre.   Como un portazo en las narices, la amargura la recibimos a diario, está a la orden del día, porque tenemos el corazón helado y un ejército de depredadores que nos chupan las entretelas. El corazón de los humanos anda bastante herido, quién no tiene deseos y le cortan las alas. Cuántas ilusiones perdidas en esta marea roja que hasta la pureza contamina. Nada de lo poético se considera, se desoye a la rosa que injerta versos a la existencia. Para empezar, vivir en estado vegetativo no está bien visto en este mundo encenizado por un sistema de producción enfermizo. Si no produces debes de morirte, o te dejan morir de asco. Oiga que somos más que un cuerpo que camina de acá para allá. Tenemos sentimientos. Sin duda, la peor cárcel es un corazón enrejado al que se le cortan las cuerdas de la vida. Lo de vivir y dejar vivir debiera ser ley de vida en una tierra que legisla contra natura; un acto de amor, una norma de obligado cumplimiento si no queremos que se desplome el mundo.   Todo se mueve muy distante. Que corra el aire, se dice. Parece que nadie se fía de nadie. Y, sin embargo, precisamos dejarnos querer. Pienso que una forma hacendosa de ayudarse y ayudar a vivir, radica en no ser nada, para serlo todo; de no querer todo; de no querer nada, para quererlo todo. Todo para despertar a la emoción de la vida.   Hoy mismo recibo un correo electrónico de Intermón Oxfam (llevan cincuenta años arrimando el hombro para cambiar el mundo), donde se me dice que necesitan personas dispuestas a luchar contra las causas de la pobreza, contra las injusticias, y no simplemente contra sus consecuencias. Necesitan gente convencida de que es posible lograr que algún día los más desfavorecidos dejen de necesitar auxilio.   Este e-mail ahonda mi pensamiento. Y recapacito, maduro la idea, me abstraigo. Si, considero que antes que del mundo debiéramos ser de la poesía, o sea, del alma antes que del cuerpo. No tiene sentido dividir las aguas y levantar muros, conquistar tierras y enquistar odios. Separar la tierra por zonas, unas de bienestar y otras de miseria, es el más terrible de los pensamientos ilícitos. ¿Quién es quién para separar? En efecto, hay como dos humanidades en un mismo universo, en un orbe se derrocha, en otro se perece; en uno se muere de abundancia, en el otro en la más horrible indigencia; en uno vive el reino de los obesos, mientras en el otro se suplican unas migajas. ¿Por qué no inventamos una mesa sola y nos sentamos todos de verdad? Es la voluntad la que hace mover las montañas. En donde no hay solidaridad no puede haber justicia. Así lo creo.