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El último tren de Extremadura

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En los últimos setenta años de Historia, nuestra región únicamente ha sido gobernada por dos personas: Franco e Ibarra. Si bien es cierto que uno era un dictador y el otro ostentaba el poder apoyado en la utópica soberanía nacional, en ambos casos el paso del tiempo ayudó a crear una oligarquía sectaria, inmune y omnipotente.

El proceso electoral, fiel reflejo de la complaciente sociedad, ha emitido su veredicto. La presión mediática, los tópicos y los mensajes simplones se han impuesto sobre el sentido común (en el caso de existir), otorgando el poder regional a las mismas personas que durante un cuarto de siglo nos llevan gobernando con especial saña irracional.

Los extremeños hemos perdido el tren de la renovación institucional, del frescor político, de los proyectos innovadores. Somos culpables de mantener en el despacho a cientos de "políticos" intervensionistas que, desde tiempos inmemoriales, dirigen nuestros destinos sin ideas ni programa, manipulando con virulencia aquello que Ortega y Gasset denominó "masas". Las instituciones extremeñas, inmovilistas y deficitarias, continuarán dominadas por los de siempre.

En los últimos setenta años de Historia, nuestra región únicamente ha sido gobernada por dos personas: Franco e Ibarra. Si bien es cierto que uno era un dictador y el otro ostentaba el poder apoyado en la utópica soberanía nacional, en ambos casos el paso del tiempo ayudó a crear una oligarquía sectaria, inmune y omnipotente.

Sin destrucción, no hay renovación, y un gobierno que no cambia está muerto, pierde el pulso. La oxigenación democrática era la mejor oportunidad para crear una Extremadura nueva, mejor o peor, pero radicalmente opuesta al actual modelo, que nos está convirtiendo en el parque de jubilados y parados de España. Y, como todos sabemos, el peso de las pensiones recae en los trabajadores, una especie en extinción.

Con nuestros votos hemos afianzado la "dictadura democrática" de una minoría ostentosa de político. El "general" ha cambiado, pero las tropas que tienen que combatir por una Extremadura mejor son las de siempre; las que en veinticuatro años han sido derrotadas en todas las guerras, salvo en la batalla menos importante para los ciudadanos, pero vital para sus nóminas: el proceso electoral.

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