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La unidad del pueblo de Cuba

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Los cubanos todos, de aquí y de allá, comenzamos una nueva etapa histórica el 31 de julio de 2006, y desde entonces estamos inmersos en sentimientos que fluctúan entre la esperanza, y el desconcierto, la desconfianza, el pánico por la represión, y el miedo al futuro, sembrados por un régimen que se niega a desaparecer.

La unidad del pueblo cubano es imprescindible para echar a andar la nueva república democrática. Casi 50 años de desencuentros, división de la familia, pérdida de propiedades, liquidación de la capacidad creativa libre, exilio forzado, odios impuestos, delaciones, cárcel, y muertes han sufrido los cubanos. La memoria histórica ha sido desvirtuada y los valores espirituales seriamente lesionados. 

Los cubanos todos, de aquí y de allá, comenzamos una nueva etapa histórica el 31 de julio de 2006, y desde entonces estamos inmersos en sentimientos que fluctúan entre la esperanza, y el desconcierto, la desconfianza, el pánico por la represión, y el miedo al futuro, sembrados por un régimen que se niega a desaparecer.

Dentro del archipiélago de Cuba crecen la inconformidad y las quejas, mientras la disidencia pacífica se incrementa a pesar de las acometidas de la policía política y sus informantes. En las filas de gobierno y partido único aumentan las preocupaciones y el malestar, pero no osan levantar las voces por el cambio imprescindible, incluso si desean preservar el poder. La tozudez se acrecienta con los años, y la única solución ofrecida continúa siendo la represión, que ahora pudiera llegar a ser sangrienta y desenfrenada contra todo el pueblo. 

Muchos creían que una delegación de poder provisional supondría medidas rápidas enfiladas a cambios en el régimen, posiblemente con inicio en la economía y apertura paulatina hacia la democracia. Pero quienes gozan de poder absoluto, no están dispuestos a cederlo fácilmente. Indudablemente, la solución del gran problema de los cubanos debemos encontrarla nosotros mismos, los que vivimos en esta gran prisión y sin injerencia ajena, aunque con la contribución de los hermanos en el exilio.

En el exterior se aprecia la impaciencia. Los gobiernos que adoptaron posiciones honorables durante la ola represiva del 2003, desconcertados por los insultos y las negativa de las autoridades de La Habana de recibirlos, ceden para promover un diálogo sólo posible cuando todas las partes lo desean, de lo contrario existe un monólogo. Se plantea que se trata de un diálogo crítico, pero acá no se acepta la menor mención a la violación de los derechos humanos, y los prisioneros de conciencia y políticos son contrarrevolucionarios al servicio de una potencia extranjera. Bochornosamente se acepta, en lugar de condenarse con la mayor energía.