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Sobre la vergüenza

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Restaurar la vergüenza exige hacer juicios de valor que pueden convertir a determinadas personas en protagonistas incómodos. Pero hay estudiosos que manifiestan, por escrito, que es preferible “pasarse de estricto” a quedarse “paralizado por miedo a ser tenido por mojigato”.

Una mayor facilidad para avergonzarse de tener hijos ilegítimos y de divorciarse haría más en favor de los niños que cualquier recorte de impuestos o cualquier programa del gobierno, lo decía David Blankenhorn, con el que estoy de acuerdo, con alguna matización, porque considero que tener compasión no significa aceptar cualquier conducta. Y juzgar no implica intransigencia. Más que estigmatizar sólo a las madres solteras, lo importante es que comprendamos que, cuando quitamos importancia a la función del padre o contribuimos a la ruptura de la familia, estamos extendiendo un mensaje muy dañino.   Aquí está el principal problema con respecto a la vergüenza: es mucho más sencillo juzgar a otros que juzgarnos a nosotros mismos. Si se trata de malos tratos a las mujeres, a los niños o de conducir bajo efectos del alcohol, está muy claro. Pero cuestiones como tener hijos sin casarse o el divorcio nos tocan más de cerca. Amplios sectores de la sociedad -por no mencionar a famosos personajes del mundo del espectáculo, de los negocios, de la política o de los medios de comunicación- se han divorciado o han abandonado a sus hijos o hacen públicas sus infidelidades, previo pago, en determinados programas de televisión.   Restaurar la vergüenza exige hacer juicios de valor que pueden convertir a determinadas personas en protagonistas incómodos. Pero hay estudiosos que manifiestan, por escrito, que es preferible “pasarse de estricto” a quedarse “paralizado por miedo a ser tenido por mojigato”. De hecho, puede suceder que recuperar el sentido de la vergüenza requiera nada menos que intolerancia, palabra muy desprestigiada en los últimos años. Vergüenza significa ser intolerante con ciertos tipos de comportamiento que son ilegales o que simplemente destruyen el contrato social.   En otras palabras, necesitamos restaurar el sentido de la vergüenza pensando no sólo en los sinvergüenzas de ahora, sino sobre todo en los de mañana, en la gente que podría educarse en un mundo donde los criterios morales estén más claros. Y en definitiva, pensando tanto en los que acatan la ley como en los que la incumplen: está en juego la brújula moral de España. Hay que intentar, poner todos los medios justos y ponderados a nuestro alcance, sin que ello signifique no sancionar a los que se comportan mal, con el objetivo de formar el sentido moral. Si la gente cree que la sociedad les pedirá cuentas a los que obran mal, tendrá un poco menos de cinismo.