Tribuna Libre
Por Félix Gallardo 17 de febrero del 2012

Cinco horas con Mariano

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Rajoy y Rubalcaba se han esforzado por dar una imagen de normalidad en sus relaciones y eso es bueno porque no es lógico que una reunión entre el presidente del Gobierno y el secretario general de los socialistas sea noticia como algo insólito.

Como en la obra de Miguel Delibes esas fueron, minuto arriba, minuto abajo, las horas que Alfredo Pérez Rubalcaba permaneció en La Moncloa en su primer encuentro con Mariano Rajoy tras su elección para la Secretaría General del Partido socialista.

Casi cinco horas dan para mucho pero, una vez más, nuestros políticos son poco dados a la sorpresa o demasiado proclives a contar la mitad de la mitad.

Lo que nos dijeron sobre lo que se habían dicho, incluidas las alcachofas, nos lo sabíamos todos desde hace tiempo. El sí de los socialistas a la reforma financiera, el no de los socialistas a la reforma laboral y la más rotunda oposición, es un ejemplo entre otros, a la ley del aborto, eran materias más que sabidas, repasadas y repasadas por todos los observadores.

Extrañan, sin embargo, aplazamientos de puesta en marcha de aspectos fundamentales para el desarrollo normal de la legislatura. Hablar de ‘antes’ del verano para solucionar asuntos como Radio Televisión Española, el Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo o el Consejo General del Poder Judicial suena a aplazamiento interesado y a elecciones a la vista.

Ambos políticos se han esforzado por dar una imagen de normalidad en sus relaciones pese a las discrepancias y eso es bueno, porque no es lógico que una reunión entre el presidente del Gobierno y el secretario general de los socialistas sea noticia, o al menos lo sea como algo insólito. Esas reuniones, por habituales, deberían dejar de ser noticia cuanto antes.

A la vista del trato que nos sigue dando Europa –si Rajoy pensaba que con él las cosas iban a cambiar se habrá llevado un buen chasco- es imprescindible cerrar filas en todo lo que pueda hacerse y presentar una España unida en aspectos fundamentales. No van a correr buenos tiempos en nuestras relaciones con Bruselas y conviene dejar las cosas claras desde el principio,  poniendo las discrepancias en dónde lógicamente deben de estar y en las materias en las que es normal que existan entre ambos partidos.

También extraña, aunque ninguno de los dos políticos lo admita, la importancia que en estos momentos de la política española tienen las elecciones andaluzas. Se entiende que para unos no perder la hegemonía de Despeñaperros para abajo sea decisivo y que para otros instalarse por fin en San Telmo sea un espaldarazo básico tras el triunfo del 20-N, pero de ahí a que muchas cosas, lo quieran explicitar o no, se dejen para después de los comicios andaluces va un abismo.

En cualquier caso, bienvenidas sean esas cinco horas que suponen una cierta normalización en las relaciones entre los dos primeros partidos. Y también hay que recibir con júbilo la posibilidad de que esas reuniones, por normales, dejen de ser noticia.

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