Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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AVE versus TAV

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El PNV calla. La imposibilidad geográfica de situarse en medio del océano Atlántico, sin ningún tipo de contacto con la odiada España, les consume.

El tren de Alta Velocidad es la infraestructura más importante de que pueden disponer las ciudades españolas para impulsar su desarrollo, además de ser un elemento integrador que aproxima a los ciudadanos, acortando las distancias, no solo las físicas. Los políticos no deben perder de vista esta vertiente de mayor cercanía social que sin ninguna duda contribuirá a cohesionar la cada vez más maltrecha convivencia entre los españoles.

Los trenes ultrarrápidos, símbolo de progreso y desarrollo, fueron bautizados en España como AVE, Alta Velocidad Española, y así se denomina a las líneas en funcionamiento que unen Madrid con Toledo, con Ciudad Real, Córdoba, Sevilla, Antequera, Guadalajara, Zaragoza, Huesca y Lérida, al resto de las líneas que pronto se inaugurarán a Barcelona, Málaga, Segovia y Valladolid y a las proyectadas hasta 2020 que conformarán una red de 10.000 Km.

Sorprende que la conexión de Madrid con Francia a través de Irún que se ha planificado a través de la línea a Valladolid y Palencia, no sea prioritaria para el Gobierno. Lo lógico sería que la capital de España dispusiera lo antes posible de esa conexión que la pondría en la frontera con Francia en menos de tres horas. Ocurre que, ¡oh fatalidad!, eso supondría que Madrid y Vitoria estarían a poco más de dos horas y eso a los nacionalistas no les gusta nada,  por eso no reivindican ni exigen, como otras ciudades españolas, que el Ave pase por ellas cuanto antes. Por eso ni siquiera quieren llamar Ave al tren. En el País Vasco, sus siglas se han transmutado en TAV, Tren de Alta Velocidad, todo menos incluir la infamante E de España.

Además, para el PNV es mucho más importante que Vitoria, Bilbao y San Sebastián se conecten a través de la Y vasca y de ahí con las provincias francesas -para conformar su soñada “Euskalerria”-que enlazar con el resto de la red española y han conseguido que la Administración Central les subvencione esa Y vasca antes de acometer –como sería lo lógico- la línea Madrid-Irún, cuyo impacto beneficioso para la economía española y la integración con la UE es incuestionable.

Aún así, los radicales independentistas al servicio de Eta saben que, inexorablemente, detrás de la Y vasca vendrá el resto, aunque sea en 2020 ó en 2030, y consideran que esta infraestructura pondrá en “grave peligro” la idiosincrasia vasca, su cultura siete veces milenaria, según el ínclito Juan José Ibarreche. Así que han decidido actuar de la única forma que saben –y que tan buen resultado les ha dado tantas veces- boicoteando las obras del AVE en la Comunidad Vasca, coaccionando y chantajeando a las empresas que participan para que las abandonen. La imposibilidad geográfica de situarse en medio del océano Atlántico, sin ningún tipo de contacto con la odiada España, les consume. Pretenden, de un modo que resultaría patético si no fuese trágico, detener el progreso, impedir que los ciudadanos se beneficien de las innumerables ventajas que el Ave aporta allí por donde pasa. Preferirían volver a la prehistoria antes que aceptar la realidad de que la Comunidad Autónoma Vasca es una parte intrínseca de España y que no puede vivir de espaldas a ella.