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Adiós al mito de la cigüeña

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Las preguntas de los niños sobre el origen de la vida siempre han sido incómodas para sus padres.

Un artículo de...

Gerardo Castillo Ceballos
Gerardo Castillo Ceballos

Profesor emérito de la Facultad de Educación y Psicología de la Universidad de Navarra

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Para eludirlas, la mayoría recurría al mito de que los niños vienen de París colgados del pico de una cigüeña. ¿Por qué se eligió a la cigüeña? Por el cuidado y cariño con que trata a sus crías. Actualmente las cigüeñas han abandonado su tradicional tarea por falta de pedidos. Desde que tienen acceso a internet los niños las han dejado en el paro, librándose así, además, de ser necesariamente franceses.

Los padres de antes tenían el reto de adelantarse a la información de los “malos amigos”; los padres de ahora tienen el reto de adelantarse a internet. Si no lo hacen pueden encontrarse con sorpresas:

-Hijo, me gustaría hablar contigo del tema de la sexualidad.

-Está bien. ¿Qué es lo que no entiendes?

A los hijos les está llegando el mensaje de la actual trivialización de la sexualidad humana, presentada como un juego con impulsos inocentes, como una simple realidad biológica en la que no cabe la culpa.

Conviene aclarar que la sexualidad humana no es una realidad puramente biológica. A diferencia de la del animal, está inserta en un plano superior al de la biología, el de la ética. Cualquier manifestación de la vida revela que el hombre es un ser en el que se unen la materia y el espíritu. Por eso la búsqueda exclusiva del placer desvirtúa la sexualidad humana, al tiempo que la convierte en una fuente de riesgos.

El profesor García-Hoz explicó en su día ese problema de este modo: “Con cada respuesta que se le da al estímulo éste va perdiendo fuerza, porque el umbral de la sexualidad se eleva. Para seguir produciendo efecto el estímulo sexual ha de aumentar, complicarse o cambiar de forma. Lo que turbaba a los jóvenes hace cincuenta años ya no despierta interés y no turba a nadie. Ya no es suficiente la normalidad del sexo, se necesita el paroxismo del sexo, el sexo y la violencia, el sexo y la droga, las perversiones del sexo”.

Para evitar ese desenfoque de la sexualidad es fundamental que los padres sean coherentes con su condición de primeros y principales educadores. Pueden delegar en la escuela la enseñanza de las asignaturas, pero no una cuestión tan personal, íntima y delicada como la educación sexual.

Un argumento recurrente para que la escuela aplique en exclusiva programas de educación sexual es el de que los padres no saben hacerlo. La solución fácil es sustituirlos; la buena y eficaz sería prepararlos para que lo hagan. Algunos colegios ya lo están realizando en su Escuela de Padres.

La educación sexual debe hacerse de forma gradual y personalizada, (para adaptarse a cada caso) y en el ámbito de amor e intimidad propio de la familia. La que se realiza en las escuelas es colectiva y muy concentrada; además se limita a informar sobre el sexo. Este planteamiento fomenta la excesiva curiosidad, así como la tendencia a realizar los actos sexuales que deben prevenirse.

La experiencia de la experta Wendy Shalit es muy clarificadora:

“Me libré de la educación sexual que se impartía en los colegios. Era una visión del sexo como algo autónomo y libre de obligaciones, justificado con el argumento de que cada uno tenía que asumir su propia sexualidad, eligiendo lo que le parezca mejor. Cuanto más se seguían las instrucciones, más actividad sexual existía en los colegios. Mientras más se promovía la “educación” sexual temprana, mayor era el número de agresiones sexuales y la incapacidad de los sexólogos para frenarlas”.

El objetivo era y sigue siendo que los alumnos sean capaces de disfrutar al máximo de su sexualidad, evitando todo lo que puede obstaculizarla, sobre todo las normas morales. Los educadores son sustituidos por sexólogos extremistas, que aconsejan prácticas sexuales incompatibles con criterios éticos y religiosos.

Esa información sexual no resuelve los problemas que promete resolver, sino más bien los incrementa: embarazos no deseados, abortos provocados, enfermedades de transmisión sexual, SIDA, etc. Esa es la consecuencia de no integrarla en la educación para el verdadero amor. El amor no es algo ocasional ni un capricho de la sensualidad: es una entrega de toda la persona en sus componentes biológicos psicológicos y espirituales. Esto requiere educar la voluntad y la afectividad, para promover las virtudes del pudor y la castidad.

El mito de la cigüeña se esfumó, pero la presencia en nuestros tejados de este ave monógama que se desvive por sus crías, sigue siendo un imperecedero símbolo del amor maternal.

“Somos
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