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Tribuna libre

Administraciones “Púbicas”

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Pasa que no tengamos más remedio que aceptar al Estado como animal de compañía. Pero cuatro Estados es una indecencia tirando a cochinada.

Hemos pasado de la voluntariosa “Administración única” fraguista, a las Cuatro Administraciones de Vivaldi: la local, la autonómica, la central y la comunitaria. Y eso sin contar a su excelencia el administrador manirroto de la comunidad de propietarios de mi edificio, que se está ganando a pulso un chapuzón en la piscina, a ver si con suerte se lo traga el desagüe y aparece amojamado allí donde va a parar toda la inmundicia de la depuradora del Jarama. Comienzo a pensar que “el papel de los Estados es una cuestión preocupante”, como melodramatiza Bill Gates en su libro Camino al futuro.

¡Buena nos la hizo Cánovas! regalando al partido conservador vasco la bicoca de los conciertos económicos, que vienen a ser una vuelta encubierta a los privilegios forales, pero con el nombre cambiado para trampear el atropello a ojos de todos aquellos que acudieron prestos a la bacanal y salieron de la saturnal sin probar bocado y trasquilados como borregos lanudos.

Como Boadella, pienso que el nacionalismo es, sea cual fuere su naturaleza, un negocio infame y perverso, pues ya se barruntaba Flaubert que todas las banderas están manchadas de sangre o de mierda.

También pienso que el estado catatónico de las autonomías, además de un despilfarro indecente, es un fraude que no tiene ni media verónica de pase, aunque durante la primera parte de la transición balbuciente, aún inconclusa, sirviera para que los “padres”, hoy abuelos, de la Constitución, pactaran un apaño remendón para ahuyentar el fantasma del guerra civilismo postfranquista.

Y también pienso, puesto a rivalizar en demagogia con la canallesca, que la mayoría de los culiparlantes que viven como maharajás del chollo de la política, no sabrían ganarse la vida con un trabajo decente (ante la falta de costumbre que tienen de doblar el espinazo), ni mucho menos de un oficio digno donde el sueldo estuviera en función de sus capacidades.

Cuando votamos, la jodemos, porque legitimamos al menda que sale elegido para que en adelante haga y deshaga lo que le salga del córner con la cobertura-coartada de nuestro voto.

Con los años, además del susto delirante que te provoca ver tu propia imagen reflejada en el espejo a las seis de la mañana, uno se va volviendo más intransigente con los figuras que van de listos y nos toman el pelo a los tontos. Y con el tiempo, los hay que llegamos a la conclusión de que el encabronamiento pasivo sólo sirve para la combustión interna de la sangre, para rellenar de banalidades una tertulia de barra de bar, o para dar pie a los kamikazes indocumentados que pueblan los foros de Internet.

Cada vez que escribo una columna incendiaria, tengo la estimulante sensación de estar asaltando la Bastilla, sin necesidad de segregar bilis como algunos colegas que se toman la profesión exageradamente en serio. Y consciente de mi privilegio, pienso en la inmensa mayoría de los mortales que ni siquiera pueden darse este gustazo.

Por eso, ante la dejación de responsabilidades que han hecho los “sindicatos castrati”, sólo se me ocurre asumir una actitud cívica activa que nos permita subrogarnos en el ejercicio del contrapoder; porque como estemos esperando que nos saquen las castañas del fuego los medios de comunicación de masas, aviados vamos.

¿Qué pasaría si nadie acudiera a votar el día de unas elecciones? (…) Lo mismo no se acaba el mundo.

¿Insumisión? ¿Rebelión? (…) ¿Y por qué no una revolución de mil pares de cojones?

“Somos
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