Miércoles 07/12/2016. Actualizado 12:04h

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Tribuna libre

Agenda-setting y fractura social

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A pesar de sus detractores, la teoría de la “agenda-setting” sigue siendo, de momento, la que enfoca de manera más directa el análisis de la influencia de los medios de comunicación en la determinación de los temas de interés público y en la relevancia con que éstos son presentados. Traducido al castellano como “fijación de agenda” o “jerarquización de noticias”, desde que el concepto de “agenda-setting” fue formulado en 1972 por Maxwell McCombs y Donald Shaw, se han publicado centenares de investigaciones empíricas que vienen a demostrar, de una u otra manera, el axioma de que lo que no existe en los medios, no existe en la realidad, no está en la agenda pública. Unos años antes, Bernard Cohen lo expresaba de esta manera: “Puede que la prensa no tenga mucho éxito al indicar a la gente qué pensar, pero tiene un éxito sorprendente al decirles a sus lectores sobre qué pensar”. Lo que en el fondo vienen a decir todas estas teorías es que el interés del público no siempre coincide con los temas que interesan a los medios. Es más, son los propios medios los que determinan qué es de interés público y qué no es de interés y sobre qué temas se construye la agenda pública, el debate social, la realidad política. Los medios actúan como conformadores de la realidad. Hay estudios empíricos que demuestran incluso que el número de veces que una noticia es repetida afecta a la percepción que la gente tiene de la importancia de ese tema, independientemente del contenido de dicha noticia. De la independencia de cada medio depende, en gran medida, que la agenda de temas que traslada al público esté más o menos contaminada en origen por fuentes intencionadas. ¿Quién decide que las once víctimas humanas del incendio de Guadalajara son de menor relevancia para la opinión pública y por tanto merecen menor cobertura informativa que, por ejemplo, los efectos sobre el litoral gallego del chapapote vertido por El Prestige? ¿Por qué cualquier cuestión que afecte a la discusión del Estatut, por mínima que sea, tiene una cobertura que sin embargo no recibe la ruina del barrio de El Carmel? ¿Qué consenso entre medios logra que la noticia del nacimiento de la Infanta Leonor llene más páginas que cualquier otro tema? Pero lo verdaderamente significativo en estos momentos no es tanto qué agenda de temas nos es ofrecida a los ciudadanos desde los medios y hacia qué cuestiones se pretende dirigir nuestra atención, sino la constatación de que no existe una agenda única sobre la que se ofrecen puntos de vista diferenciados. No hay un único repertorio de temas relevantes sobre los que construir un debate común. No hay una vertebración común en la realidad que nos trasladan los medios. Basta con echar un vistazo cada día a varios periódicos de signo diferente y escuchar diferentes emisoras de radio para comprobar que los medios españoles ya no se diferencian sólo en el tratamiento de los temas y en la línea editorial que siguen, sino también en la relación de temas que llevan a portada, en la relevancia que les otorgan y en la configuración general de la realidad social, política y económica que, en definitiva, trasladan a sus audiencias. Según se entre en uno u otro medio, se entra también en una realidad paralela. Como si fueran mundos separados. Y no es posible tender puentes entre realidades dispersas; no es fácil el diálogo cuando ni siquiera existe consenso sobre los temas a debatir. Periodistas y medios deben salir de esta espiral.