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Tribuna libre

‘Aloha’ – Vestir el paraíso – Defensa de la camisa hawaiiana

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Donde se recorre la curiosa historia y antropología de la camisa hawaiiana, singular género textil que antepone la alegría a las convenciones del gusto.

Me permitirán que no les hable de moral y buenos sentimientos sino de camisas hawaiianas. Como diría el gran Dale Hope, magno scholar de la materia, ‘para mucha gente, las camisas Aloha remiten a un estilo de vida divertido y casual, pero para mí son mi vida’. Por lo general, adscribimos las camisas hawaianas a un tipo de dandy pastoso ya olvidado pero lo que no habría que olvidar es esa camisa hawaiana que vistieron en los Estados Unidos Bing Crosby o Elvis Presley y el presidente Eisenhower. Por aquí será mejor no pensar quién la vistió pues quizá tratemos de gente inquietante. Con todo, el mismo esfuerzo que se hace para desconsiderar las camisas hawaianas bien pudiera emplearse para apreciar el logro tan jocundo de su arte, el descaro de su alegría, su valor etnológico, su mezcla de estética y humor o –más sencillamente- para pensar que la vida es una playa.

Por definir los términos, el espíritu ‘aloha’ es una contribución polinesia al acerbo conceptual occidental, en la liga de importancia de la saudade portuguesa o el mono no aware japonés: una sola palabra que agolpa sentimientos diversos y complejos y que resulta propia de un carácter nacional. En consonancia con la felicidad a la que remite el archipiélago de Hawaii –sol y mar, palmeras y nativas-, ‘aloha’ es un término que implica afecto, bendición, saludo, beatitud, belleza y cortesía. La eufonía propia de las lenguas austronésicas resuena en ‘aloha ahiahi’ –una maravillosa manera de decir buenas noches. Llamar ‘camisa aloha’ a la camisa hawaiiana fue invención propia del genio comercial del camisero Musa-Shiya, quien acuñó el término por primera vez en 1935, en las páginas del Honolulu Advertiser.  

En realidad, la camisa hawaiiana con la bizarría con la que hoy la conocemos es creación reciente, pudiendo datarse en los años veinte del pasado siglo. Hawaii despegaba. Se construía el hotel Royal Hawaiian. La compañía Matson impulsaba sus líneas de cruceros. Como sucede con las mejores cosas, del canto gregoriano a los cantares de gesta o la sopa de cocido, la camisa hawaiiana parece haberse creado por pura emanación, sin que ningún sastre pueda atribuirse su diseño. Es auténtico ‘genius loci’ para llevar, como las botas tejanas o las chaquetas norcoreanas de corte Kim Jong-Il. En todo caso, sí se sabe que a la definición de la camisa hawaiiana contribuyeron los sastres chinos y japoneses y la rica tradición textil del archipiélago. De la mano pequeña y ágil de los alfayates asiáticos no puede dudarse en un momento en que China llena de ropa las bodegas de los barcos rumbo a occidente o cuando tantos hombres de negocio occidentales llevan sus camisas de Jermyn Street a que se las copien en Hong-Kong por precios irrisorios.

En cuanto al textil hawaiano, lo cierto es que la cultura del vestido en el Pacífico y el Índico ha suscitado siempre el interés de los antropólogos. La ausencia de ganado lanar obligaba al manejo de fibras vegetales, la piña o la banana.  Baste decir que Hawaii también nos legó el pareo, semejante al sarong malayo-indonesio; o baste acaso pensar en las telas de batik para vestir o tapizar. Una reciente visita a Becara, norma reciente de la decoración según el código de la pijez, me llevó a ver no pocos gestos cercanos a la hawaiiana o, al menos, al género tropical: frutos de árbol del pan, habas de cacao y sedas crudas. El espíritu de Jim Thompson estaba por allí.

Lo cierto es que, al llegar a Hawaii, los misioneros occidentales quedaron no poco escandalizados de la desnudez de las gentes, del mismo modo que la población indígena pensaba que los uniformes de los marinos del capitán Cook eran parte de su piel. A propósito de esto, el rey Kalaniopuu regaló ceremonialmente a Cook algunas vestimentas propias del país. Poco tiempo después, Cook sería muerto a lanzadas por los hawaianos a raíz de un malentendu y sólo el español Quimper, año 1791, recuperaría su ropa ensangrentada. Cosas.

En conformidad con su espíritu liberal, no hay un academicismo de la camisa hawaiiana, sino que basta plenitud y arrojo en el estampado y el color, junto a la deseable etiqueta de ‘made in Hawaii’. Con todo, puede distinguirse una escuela orientalizante, entendiendo por tal la influencia de la pintura japonesa y el kimono, y otra escuela más puramente local. El tiempo y el saber hacer de los sastres de las islas han acuñado estampados reconocibles por su nombre –‘chop suey’- pero, en general, lo que no faltan son los motivos regionales: orquídeas, hojas de banano, heliconias, piñas, volcanes en erupción, cocoteros, arrecifes coralinos, bailarinas hula, marinas, tikis, ukeleles, grullas, la flor llamada ave del paraíso, lauhalas, plumeria lei, o el hibiscus, flor y emblema. Lo más adecuado es decir que hay de todo, salvo sobriedad. Un favorito mío son los motivos de coctelería pero los más habituales son las cenefas de flores.

Con el tiempo, la camisa hawaiiana tendría su influjo en la moda surfera –había razones-, en especial cuando el envés de la tela, de color amortiguado, se utilizaba como si fuera el exterior. Las camisas aloha antiguas son objeto de manía y colección en los Estados Unidos, especialmente las de artesanos reputados como Elsie Das, John ‘Keoni’ Megs o Duke Kahanamoku. Desconozco si llega a haber subastas o si sólo hablamos de rastrillos. Las películas de ambientación hawaiiana de los sesenta, con Monty Clift o J. Weissmuller, harían mucho para la difusión de este género que no pretendía ser elegante sino décontracté, y que aparece con recurrencia en las colecciones de Polo o de Tommy Bahama con la inocencia de un gesto de apreciación camp. La ortodoxia, desde luego, marca que los botones sean de laborioso coco.

Quien se ponga, hodie et nunc, una camisa hawaiiana, está convencido de que la discreción es virtud para los hombres pero no para las camisas. Ponerse una camisa aloha es una afirmación de algo –es un statement. En general, es una camisa con un espectro de apariciones muy reducido: no es una camisa para leer a Fénelon, no es una camisa para una entrevista de trabajo, no es una camisa para ir a un concierto de Tomás Luis de Victoria. En definitiva, no es una camisa para causar buena impresión sino más bien para que la gente te odie o piense mal de ti, para una cierta suavidad canalla, para dar impresión de moralidad controvertible, para colorear la noche bajo una chaqueta o para ‘fare il signore’ a la orilla del mar. Sin embargo, lo más adecuado al espíritu aloha debe ser vestirlas sin intencionalidad y con inocencia, sin más propósito que rendir culto al sol y a la perpetuidad del verano, al verano sin tasa de las islas donde descansa, en su tumba florida, San Damián de Molokai.

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