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Hemos fatigado tanto a las artes, que hasta la propia tradición de la ruptura con que Octavio Paz caracterizó a lo moderno está quedándose anticuada como un tapete de ganchillo.

Hemos fatigado tanto a las artes con hibridaciones, reformulaciones e insólitas versiones, que hasta la propia tradición de la ruptura con que Octavio Paz caracterizó a lo moderno está quedándose anticuada como un tapete de ganchillo. Concluido el largo tramo que conduce de la sublimidad a la escatología, es hora de que vayan perdiendo prestigio la provocación como actitud creadora y el escándalo como recurso de vanguardia: más que nada para no estancarnos en la paradoja de que nos aburran, por consabidas, obras en extremo originales que incluyen episodios de sexo explícito, derramamiento de sangre, coprofilia y otras variaciones del canon estético imperante.   Muy tentadora para los artistas rabiosamente contemporáneos —entendido el adverbio en su sentido más estricto— resulta ese diálogo enriquecedor entre pasado y presente que es la adaptación «en clave actual» de los autores clásicos. Éstos aportan su renombre, su tirón comercial, su depósito de valores por todos reconocidos, y aquéllos les dan una mano de pintura fresca y estridente para volverlos mucho más vistosos y desinfectarlos, además, de vetustez. En ese entrecruce de egotismos que constituye la esencia de la creación ultimísima, ha terminado dándose tanta o mayor importancia al revoco que al sólido muro en que se asienta.   Y entonces lo relevante no es que en el Festival de Salzburgo los intérpretes acierten a modular bien sus voces según lo requiera la partitura y que se desenvuelvan airosos en el escenario, sino que en El rapto del serrallo los personajes aparezcan íntegramente desnudos o que en Don Giovanni las conquistas femeninas del galán desfilen luciendo braguita y sostén del fabricante de lencería que patrocina la ópera. Pero, bien mirado, esta función promocional abre un nuevo horizonte para el arte. Si la provocación ya no es gratuita, si tiene un sentido, aunque sea publicitario, acaso sea posible salir del círculo vicioso por una senda insospechada.        Utilizar hoy a Mozart como excusa para un anuncio de ropa interior, como si sus melodías fueran el hilo musical de una pasarela de moda, quizá sea sólo un primer paso que conduzca, en último término, al hecho insólito de que a una compañía discográfica, a una escuela privada de canto, a un taller de sastrería, a la consejería de turismo del municipio de Salzburgo, o a todos ellos unidos pese a sus diversas motivaciones, se les pueda ocurrir... ¡anunciar a Mozart patrocinando la representación clásica de una ópera de Mozart! Y llegado ese momento, nos reiremos de aquella época idiota en que nos engañaban por puro amor al arte.

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