Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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Tribuna libre

Y Ana plantó a Pedro

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En aquel restaurante terminó para siempre –nunca se sabe- la historia de Pedro y Ana.

Ahora que el calor aprieta y ahoga. Ahora que las flores del campo se tiran a los charcos para evitar ser pasto de las brasas. Ahora que nos avergonzamos de tener una “élite intelectual-cultural” tan partidista y tan cínica, incapaz de demostrar ni un poquito de coherencia en el lodazal de las cenizas gallegas, que son también españolas. Ahora que preferimos cerrar el periódico y abrir el Marca. Ahora que en las carreteras de playa convivimos irremediablemente unos y otros; no hay clases en los atascos. Ahora que a todos nos baña el mismo sol, pero no todos lo afrontamos de la misma forma. Ahora es un buen momento para hacer pública una tierna historia de amor, con dos protagonistas muy diferentes y un final que, desde mi punto de vista, es completamente feliz.   Ana y Pedro se conocieron en mayo. Ella encantadora, él atento. Pasaron los meses de la primavera dejando que el amor florezca como lo hace el campo, día a día, bañándose en vitalidad, en esperanzas, en promesas y alegrías. Aparentemente fueron felices durante su noviazgo. Felices y algo ingenuos.   Pedro fue cambiando poco a poco sus modales. Como aquél conquistador nato, de relaciones efímeras, que perdía a sus amores en cuanto empezaba a mostrar su verdadero interior: frío, vacío y aburrido. Lleno, a veces, de miserias. Pedro lo hizo peor. Fingió durante semanas lo que no era. A la luz de aquellos ocasos, prometía y prometía, mentía y mentía. Presumía de dinero, de estudios, de virtudes. Carecía de todo.   Un buen día, en el corazón del verano, hará un par de semanas, Pedro decidió tirar por la borda su careta. Coincidiendo con su aniversario, los novios pactaron una cena en un romántico restaurante de la cálida costa española. Allí, el novio, decidió confesar sus fechorías a Ana. Pidiendo disculpas sin pedirlas. Por una vez, lo hizo con impoluta sinceridad en la mirada. Ana se indignaba a veces, se enternecía otras, seguía con atención el relato de Pedro, las confesiones del pequeño irresponsable.   Ana se conmovió de tal forma al escuchar a Pedro que le perdonó con gestos toda su fanfarronería, su doble vida, su falta de amor y hombría. Al fin y al cabo, Pedro estaba demostrando ser todo un señor, un buen hombre. Al término del relato, mientras Ana pronunciaba las palabras del perdón, el novio sacó de una bolsa un pequeño regalo para su desgraciada novia.   Al abrirlo, la sorpresa: un disco. Después, las sospechas: parece un recopilatorio veraniego. Con su dibujo de playa caribeña y su puñado de horteras de todo tipo, lanzándose al mar. Lleno de colorines, exclamaciones y mucho son sabrosón. Tras la confirmación, el terror. La indignación. Ana, con buen criterio, cambió el rumbo de su mirada enternecida, cruzó el gesto, se levantó, devolvió el paquete a Pedro y plantó para siempre a ese pobre infeliz. En la despedida fugaz, tan sólo unas palabras: “Hay cosas que son intolerables”.   La moraleja la conocen bien muchos lectores. En la vida, se puede perdonar casi todo, menos el mal gusto. El mal gusto, cuando realmente lo es. La falta de educación, a veces es sólo pobreza o ignorancia, el mal gusto es desviación voluntaria. Imperdonable. Y en caso de que lo sea, inaguantable, excusable hasta la fuga.   En aquel restaurante terminó para siempre –nunca se sabe- la historia de Pedro y Ana. El farsante enamorado y la ingenua de buen corazón separaron sus vidas por la torpeza del primero. Así que aprovecho hoy para rendir un sereno tributo a Ana, mujer valiente, dama encomiable. Sincera, recia, educada, elegante. Con su ejemplo, los cursis de España, verdadera manada, verán acotado su territorio. Todo el mundo debería conocer su historia. Como decía antes, en la vida se puede, y a veces se debe, perdonar casi todo, menos eso de recibir como obsequio de aniversario un recopilatorio veraniego de gasolinera, con sus ritmos latinos salpicando el ambiente y el bronceador de regalo. Es inaceptable regalar a un ser querido algo así en una fecha señalada. Se mire por donde se mire. Estos regalos sólo son aceptables cuando lo que se pretende es fastidiar al que los recibe.   Lo siento Pedro, pero te lo mereces. Por golfo y por hortera.