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Tribuna libre

Anecdotario manual de bares de hotel

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Fernando Montealto tenía un deleite muy específico con el gremio de las camareras, sensible a la nobleza del servicio, la severidad del uniforme y la palpitación maternal que -según sus intuiciones- se encarnaba detrás de todo esto.

Acabábamos de hablar con una archiduquesa y alguien dejó caer para el debate que a él le gustaban más bien las camareras. En realidad, es una inclinación muy propia de archiduques, y al respecto me abstengo castamente de opinar pero no de contar el singular caso de Fernando Montealto, hombre enamoradizo, cuentista y fatal, de vivo temperamento dramático, con raro poder de persuasión y una presencia orgullosa y piafante que ocultaba una personalidad volcada al sentimentalismo.

Más o menos, era el perfil de hombretón que llenaba de lágrimas el pañuelo al ver una película y hacía llegar camiones de rosas y orquestas de cámara a la secretaria que una vez le sonrió, todo por apagar esa sed de afecto para la que unos necesitan un dedal de agua y otros un trasvase fluvial, ramblas y torrenteras y cisternas. Como servicio de bomberos, todos le habíamos recomendado el matrimonio.

Montealto y yo quedábamos a veces para el aperitivo o la merienda en el hotel Gran Salamanca, donde la tarde pasa con tanto agrado entre tapicerías finas, cortinajes de mucha solemnidad, ir y venir de copas de champaña y gentes elegantes, destellos de pelo rubio, hombros al aire y un negro cubano que sonríe al tocar Moonriver como no lo haría un ángel músico.

Montealto me divertía mucho y fue una pena que muriera trágicamente, atropellado al cruzar la Castellana a la altura de la terraza de Metternich, donde le esperaba su última adquisición, una higienista con piercing nasal y –digámoslo así- ciertas discontinuidades en el orden afectivo. La furgoneta, una Citroën Berlingo, pertenecía a una empresa del ramo de la construcción llamada –no bromeo- AMORES – REFORMAS EN GENERAL. El dato puede rastrearse en páginas amarillas. Montealto murió con un bouquet de flores de Bordelais (calle Almagro) en la mano, musitando “Beatrice, Beatrice” como una última iluminación. La higienista, que se llamaba Saray, nunca lo perdonó.

Hombre de éxito, prestigioso tasador de alfombras persas, Montealto tenía sin embargo el champán bastante triste y al cabo de media hora empezaba un monólogo de quejas y lamentos que habría hecho condolerse a las mismas piedras y que los agapanthos del bar américain se inclinaran para escuchar tanta calamidad, la mezcla dañina del alcohol y el senequismo. Por lo general, había que llevarle a casa, ya de noche, recitándole oraciones o cantándole boleros, hasta que el servicio se encargaba de acostarlo entre hondísimos vagidos. Al día siguiente, después de la terapia de las lágrimas, se levantaba con la energía de un demonio.

Montealto siempre siguió de cerca el escalafón y las nuevas promociones de camareras del Salamanca. Ingresar en esta jerarquía ha consistido siempre en un camino de responsabilidad, dificultad y honor. Sin sorpresas, el resultado es una coreografía excelente, el término medio entre la educación y la simpatía, el aplomo al servir con la justa rapidez, invisibilidad y ceremonia. Al personal de sala le quedan los placeres de un sueldo mediano, de asistir a la representación diaria del mundanismo y de trabajar en una empresa con vocación de eternidad. Por lo general, las camareras del Salamanca se identifican tanto con su hotel que –por pura emanación- se identifican también con las alegrías y los quebrantos de la clientela, y hasta hace poco no era inhabitual que, en el momento de los cánticos, los organizadores de esas cenas de empresa del género terrible les pidieran unirse al coro, copa en mano. Y esos nobilísimos salones donde se firmaron tratados han oído no sólo el himno de la Legión o el Asturias, Patria Querida, clásicos de la euforia, sino también los aires inconfundibles de La Internacional, incoada con ardor en los ochenta por un yuppie que había sido hippie y hoy dirige una compañía de derribos.

Fernando Montealto tenía un deleite muy específico con el gremio de las camareras, sensible a la nobleza del servicio, la severidad del uniforme y la palpitación maternal que –según sus intuiciones- se encarnaba por detrás de todo esto. En más de una ocasión, Fernando, arrasado ya de llanto, en estado de crisis, tenía que llamar a una camarera y terminaba por pedirle un casto abrazo, cuando no se abrazaba directamente a ella: revuelto en la silla, he asistido varias veces el espectáculo de la camarera joven que dejaba la bandeja en otra mesa y tomaba la cabeza de Montealto en su regazo y le acariciaba el pelo y bajaba alguna vez a darle un beso en la mejilla, con las palabras que se le dicen a los niños: “está bien, está bien” o “tranquilo, tranquilo” o “ya pasó”, mientras las lágrimas de Montealto fluían –torrenteras o cisternas- para causar irritaciones y rojeces en sus mejillas afeitadas y dejar un residuo entre lacrimógeno y mucoso en el chaleco de la camarera, tan digna en el consuelo que parecía una Piedad.

Montealto se calmaba poco a poco, acogido a la tibieza, a la dulce temperatura de aquel seno. Las damas inglesas seguían con su té, sin inmutarse. Montealto también consiguió que le echaran varias veces del hotel, con las buenas palabras que merece un habitué, pero al final del llanto, entre hipidos, levantaba la cabeza y solía hacer la misma pregunta: “¿usted conoce París?”, y por un mes dos todo era una espléndida continuación de halagos y bombones y de rosas, una tromba de amor ante la que las camareras no sabían reaccionar y, por lo tanto, asentían. La mejor lección de Montealto fue que en esta vida no hay casi nada más útil que saber poner cara de pena.

Mi amigo Sales Prades, en cambio, sigue vivo y, después de su conversión, dio un giro a su vida y se fue a Calcuta, a vivir entre los leprosos y los pobres. A tenor de las fotos, lleva perdidos ya más de treinta kilos, pero –según sus cartas- le quedan hartos pecados que purgar. No hace tanto tiempo, él era un hombre rico, tenía una red de academias de solfeo y quedábamos para comer en un restaurante panoriental pero no engañoso, Lemongrass de nombre, por la parte más inquietante de Chamberí.

Los gin-tonics del local los mezclaba el diablo y los servía, más concretamente, una camarera que llamábamos china con un cierto abuso porque sin duda era camboyana o vietnamita. Ella y el curry del día resumían el atractivo del local y, por escuchar comentarios de otras mesas, sé de gente que hacía el viaje desde desde Toledo e incluso desde Fuenlabrada para verla, aunque después encontraran demasiado especiada la comida, por contraste con la decoración un poco sosa. Como siempre, cerrábamos el restaurante, y Sales, eufórico y poeta, le recitaba a la china largas tiradas de Cui-Ping-Sing, ante el estupor de la joven, que no entendía una palabra de español pues sin duda era laosiana o tailandesa: en el momento del recitado, ella seguía recogiendo los manteles y las tazas de café, mirando a veces a Sales, rojo de ginebra y emoción, poseído de amor y de poesía. La gente de la calle volvía la cabeza al oír tanta declamación, tanta pasión y tanto grito:

Escucha...

¿En qué otro mundo de cerezas raras

oí tu voz? ¿En qué planeta lento

de bronces y de nieve, vi tus ojos

hace un millón de siglos? ¿Dónde estabas?

Fuiste agua hace mil años.

Yo era raíz de rosa, y me regabas...

Fuiste campana de Pagoda, yo era

nervio del ojo que miró a tu bronce.

Nos hemos perseguido

alma con alma, atravesando cuerpos

peregrinos de venas y latidos,

por pieles de animales, por estambres,

escamas, esqueletos y cortezas;

por mil cuerpos y sangres diferentes,

alma con alma, cincelando torres

de espíritu con lágrima y sonrisa...

Tú fuiste, Cui-Ping-Sing, todo lo claro,

el cisne o la ceniza.

Yo fui todo lo oscuro,

la raíz, la tortuga.

Tus pechos

son dos nidos calientes,

tejidos en la rama de un almendro,

tu carne es inmortal, viene de lejos,

 y ha vivido hace siglos con la mía.

Un poco azorado, al llegar a cierto verso yo solía carraspear o hablar con la intención de que el dueño del local, un argentino algo bovino, no nos volviera a prohibir la entrada. La poesía, por suerte, le sonaba a chino cantonés. En otra ocasión memorable, Prades, dado a la improvisación, le recitó versos ya un poco alcoholizados de los que yo procuraba tomar nota:

Tú que partes oriente y occidente con tus ancas

hazme un sitio en tu selvática pagoda.

Mírame por fin, que cae la tarde,

y quisiera contarte alguna trola.

En fin, las anécdotas son banales y reales y otro día hablaremos más en serio del servicio.

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