Domingo 04/12/2016. Actualizado 01:00h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

Anticipación horrorosa del verano – Los mocasines indios – Triunfos de la tortilla de patatas

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Cualquiera diría que es verano y lo que ya apetece es pensar en un país templado y razonable: la pascua sueca o la primavera nórdica, la sombra tan suave de los tilos, lejos de esta insania de sol que reblandece el cerebro más de la mitad del año y propicia el pensamiento bruto y sus derivaciones criminosas.

Todo indica que vamos a cocernos, inconfortablemente, bajo el sol del desierto y una luminosidad hiriente y blanca. La gente llevará enormes mapamundis de sudor por las axilas y –como cada verano- se ha de perder ocasión tras ocasión para los mínimos del decoro: escándalos alcohólicos en pueblos de la costa, sensualidad de expresión agónica, formas de alegría inelegantes, con el olor de fondo –tan veraniego- de la basura en descomposición y un espectro semoviente que sale del último after-hours sin saber dónde sigue la fiesta todavía. Es el lirismo y la belleza de todos los veranos aunque luego un buen arroz ponga fin a las consideraciones senequistas o el jazmín permanezca en el aire como un verso alejandrino. Conviene aun así buscarle al verano una enmienda total, una solución – y hoy por hoy no hay réplica mejor que unos mocasines indios.   Con inocencia, con sorpresa, los hemos visto en los escaparates de novedades, con una forma flexible y primitiva, desde luego muy india, donde la planta del pie se puede asentar sin heroísmo y hacer luego el fácil recorrido de todas las terrazas y las playas y esos pueblos que merecen excursión. Se trata de una aportación magnífica de la antropología internacional, en el orden de los kayukos y las botas esquimales. Es un género de calzado que excluye la preocupación: habla más bien de una conversación sin consecuencia, de jovialidad, de intercambio de palabras no gravosas; un aliciente positivo cuando la vida es trabajo y trabajo y decepción y decepción, con algún paréntesis de enfermedad: una mala noche en un hotel de NH, un cinefórum con las juventudes socialistas o el trayecto de pesadilla de un taxista suicida que además escucha ritmos techno. Por supuesto, uno preferiría que todo el mundo aguantara la estación con franelas muy gruesas y zapatos inequívocos, pero cuando hay calor no hay ideal de rigor y es dominante una sensación de indulgencia general. Estos mocasines indios, argentinos, son de excelente factura y –según informa el comerciante- resultan de lo mejor para el après-polo: es decir, para la copa en el club, mientras uno come graciosamente una aceituna.   Ese gran sentimiento actual hacia los mocasines indios viene de otros veranos en que nadie los compraba por caros o por audaces. Son parte de una añosa herencia jipi que se refina mucho con la interpretación que se le da en los buenos barrios. Quizá están aquí, los mocasines indios, para durar como clásicos de la estación en el armario ideal de los pantalones capri, la joyería étnica, el “summer cashmere” o los jerseys de color verde calippo: respuestas juveniles, como lo es la estación, contra la locura del tiempo que quiere acabarlo todo y sin embargo encuentra la provocación de las flores, las verdades pasajeras de una tarde de verano o simplemente alguien que se pasea con los mocasines indios, las manos en los bolsillos y una disposición feliz y abandonada. En esto nos recuerdan a las ensoñaciones de estética higiénica de un Ralph Lauren cuyo éxito –según el arquitecto Rybczynski- está en la generación de atmósferas artificiosas que resultan, sin embargo, verosímiles: una Nueva Inglaterra de almanaque, un oeste con cazadores de bisontes, el trópico donde maduran cocoteros y siempre hay una luz de mediodía. Existen ilusiones que a todos nos hacen funcionar, poderes de fascinación que nos mueven como una ventura inexplicable.   En materia de mocasines se hace necesario indicar que fueron la réplica ligera, italianizante, a los grandes zapatos de la Administración y los negocios. ¿Qué iban a pensar los señores Crockett y Jones de esta frivolidad de país meridional? Los mocasines de Gucci permitían pisar con seguridad y un respeto al clasicismo, hasta que un texano salvó a la casa de la quiebra tras malvender el patrimonio antiguo. Naturalmente, quien sienta las ansiedades de la codicia en las rebajas de Gucci entenderá poco de la belleza mínima pero real que se pierde y se estanca con melancolía río arriba de los años ya perdidos. Los mocasines de Tod’s, por su parte, nos llegaron a través de la camisería Denis (Madrid-Bilbao) y nadie se sintió muy aludido hasta que aparecieron las primeras fotos de Antonio Banderas y la percepción consensuada de que estaba elegante. Hoy lo más recomendable es calzarse los mocasines indios como un signo de ligereza estacional, parecer despreocupado de cara a un verano de bicicletas y marinas, bebidas aromáticas, helados de fruta y esa felicidad un poco tonta, festiva y entrañable que puede curar todas las astenias. Con suerte cae la tarde alrededor, y ahí tenemos una primicia de la Gloria en los sentidos y un verano más que se ha salvado.   *             *             *   En una semana muy exótica terminamos con una referencia más bien clásica, Las Tortillas de Gabino, donde hay lo que se solía llamar ‘cocina española’. Audiencia fina, cuyos padres quizá se conocieron en “La Ancha”, ante una merluza muy similar. En fin, no hay nada que enseñar ni a los restauradores ni al público que ha agotado todas las botellas de “Baltasar Gracián” y abandona el local a una hora muy responsable. Ante la carta podríamos excusarnos de la cogitación de elegir: son todos sabores patrimoniales, familiares, que alcanzan la nobleza por el trato. Está claro que una tortilla de patatas se puede hacer de muchas maneras, pero en pocas siente uno el sublime ingenio humano –hispánico, en concreto- de haber llegado a tanto con tan poco o de que algo tan modesto se pueda hacer con tanta perfección: alargar el huevo, aligerar la patata con leve ligadura y que todo tenga una sencillez de milagro. La tortilla “velazqueña” –la tortilla de patatas- llega apenas arrugada por arriba, blanda, cremosa, baveuse, con un color amarillo más goyesco que velazqueño. Es como una vuelta a casa o nuestra condensación culinaria de la Ley y los Profetas, del todo lejana a esas tortillas hechas con patatas de hormigón. Por lo demás, observamos que el público prefiere comer una tortilla del siglo XX a beberse una tortilla del siglo XXI en vaso de chupito.

·Publicidad·
·Publicidad·