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Barba de Estado

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Don Felipe ha cumplido ya los cuarenta y cinco, pero hay quien ve en su barba rucia el efecto de algo más oneroso que la edad.

Don Felipe ha cumplido ya los cuarenta y cinco, pero hay quien ve en su barba rucia el efecto de algo más oneroso que la edad. Se comenta mucho últimamente que esa barba principesca encanece más aprisa de lo que debería según el curso natural de las cosas. Son los disgustos, dicen, que cobran presencia física en tanto que le agostan una antaño fresca pradera capilar. Solo por eso, porque la pradera no ofreciese pasto a las habladurías, yo en su caso me afeitaba. Bastante hay con sufrir los contratiempos. No es necesario soportar encima que le recuerden a uno día tras día lo mal que debe de estar pasándolo, según se le manifiesta en algo tan prescindible como una barba. Fuera con ella.

Dicho esto, que viene determinado por la actualidad —no está atravesando la familia real su mejor momento—, habría que plantearse la cuestión de la barba a más largo plazo. Puesto que don Felipe es el heredero y antes o después acabará reinando, no está de más que decida ya cuál va a ser su imagen definitiva. En ese símbolo de estabilidad y permanencia que es la monarquía no queda bien que el futuro titular ora se deje la barba ora se la rasure, como ha venido haciendo hasta el momento. Según afirma todo el mundo, don Felipe ya está preparado de sobra para asumir la responsabilidad de la corona: cuenta con formación completa, un matrimonio modelo y aceptación popular. Pero le falta ese pequeño detalle, concretar su efigie. Para ello no puede seguir con la intermitencia de la barba que lleva practicando desde hace años. O la incorpora por completo a su figura, o se la quita para siempre.

Porque en el rostro de los reyes habrá habido interregnos de calvero entre bosques, o de bosque entre eriales, pero siempre ha reinado notoriamente uno más que el otro en sus facciones, y así los recordamos. Por ejemplo, Amadeo de Saboya tendría sus fases de mandíbula despejada, pero como pasó a la historia fue con toda la barba. Y al contrario, otros muchos monarcas tendrían su veleidad varonil de sentir la cara agreste durante un tiempo, pero predominó en ellos el cultivo por parcelas —patillas, perilla, bigote, mosca—, o directamente el yermo, y de ese modo comparecieron en la posteridad. Será el caso de don Juan Carlos, quien pese a barbas ocasionales ha sido básicamente lampiño por voluntad.

Como ciudadano, ¿juzgo conveniente que el futuro jefe del Estado luzca barba perpetua? A favor aduzco dos argumentos. El primero es totalmente subjetivo y deleznable: la experiencia como portador de barba perenne me lleva a sentir simpatía incondicional por mis congéneres pilosos. El segundo argumento es objetivo: a don Felipe le sale una buena barba. Recia, tupida, elegante, no de esas desmedradas y medio tiñosas que se ven por ahí, y que, si existen, las supongo más hijas de la incuria que del orgullo de quien no se las pela pero ya. En contra de la barba filipina, pese a su calidad, ofrezco solo un argumento, y sin embargo lo considero de más peso que los dos anteriores juntos. Don Felipe tiene unas facciones armoniosas que, según me parece —y no tengo ni idea de estilismo— quedan difuminadas con tanto pelo sin que este aporte nada a una personalidad ya bien definida. Dicho a lo gráfico, creo que, cuando llegue el momento, lucirá mejor sin barba, a cara descubierta, en el anverso de la moneda de euro.

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