Miércoles 23/08/2017. Actualizado 17:53h

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Tribuna libre

Entre ‘sastres’ anda el juego de la política. Barullo en el área, carteles para Europa y el pregonero de Rosa Díez. ¡Santo Dios!

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Hasta el titular aparece embarullado. Rodríguez Zapatero lo ha conseguido. Está en el último minuto y tiene que ganar como sea. Balones al área y al barullo, a ver qué pasa.

No es fácil analizar lo que está pasando en la política española. No es fácil discernir por qué lo que para el Tribunal Supremo está claro y con pruebas suficientes, para el Tribunal Constitucional es todo lo contrario. El daltonismo también embarulla. Ni se sabe si los brotes son verdes o si el túnel es negro o sí Llamazares es rojo y, para colmo, ya ni siquiera tenemos la seguridad de ser humanos.

Además un metafísico de talla como el ministro Gabilondo afirma que necesitaría ‘un buen rato para decidir qué es un ser humano’ y ya se escuchan ecos del ‘¡Santo Dios!’ de Beatriz Rodríguez-Salmones.

Ya lo dijo Rojas Zorrilla: ‘Entre bobos anda el juego’. A lo mejor no son tan bobos y los ‘sastres’ nos obligan a parodiar al clásico y a afirmar que ‘entre pillos anda el juego’.

El sastre de Camps no es que haga los trajes a medida, es que lo que hace a medida son las declaraciones y cada vez dice una cosa distinta. En cualquier caso el presidente valenciano está notando que el suelo se le mueve bajo los pies, por mucho que Rita Barberá ejerza de madre y le saque abrazado y casi en volandas del los juzgados valencianos. El espectáculo del Partido Popular valenciano a la puerta del tribunal superior de justicia fue de traca, como no podía ser menos.

Rajoy sigue con tortícolis. Mira para otro lado. Confunde, o quiere confundir, la situación de libertad sin condiciones, con la imputación que sigue ahí y nadie sabe cómo va a acabar. En cualquier caso lo del sastre de las declaraciones a medida no es bueno para los populares y más de uno va a salir trasquilado. Hasta dicen que Aznar y Zaplana ya están calentando para el segundo tiempo.

El que sale sin calentar es Rodríguez Zapatero. Ha decidido embarullar el partido y lo está consiguiendo. Ya no se sabe nada de medidas económicas, ni de abortos, ni de píldoras y mucho menos de tribunales. La política del presidente es un galimatías en el que nadie se aclara y, si no, que se lo digan a Leire Pajín que cada día tiene que salir a la arena a echar capotes que ya no echa María teresa Fernández de la Vega, vaya usted a saber por qué.

Y es que Bibiana Aido no necesita que le echen capotes, necesita que le tapen las vergüenzas con carpas enteras de esas que pone Florentino, a la puerta de Bernabeu, en época de elecciones.

El único que sigue en su puesto es Blanco, y su puesto está a la vera de Esperanza Aguirre, que eso ya no es una luna de miel, eso es el empalago nacional, que ahora con lo de las cercanías cada vez se hacen las fotos más juntitos.

Juntos pero no revueltos, en las elecciones europeas, los del Partido Popular. Los discursos de Gallardón hablando de la ambición –buena por supuesto- y los de Jaime Mayor Oreja intentando aclarar las cosas, poco tienen que ver entre sí y, como Mariano Rajo y Soraya están a lo suyo y Cospedal ni está ni se la espera, pues el barullo también se apodera de la derecha europea.

Unas elecciones que cada vez están más lejos de Europa –nos pasa como en Eurovisión- y más cerca del barullo nacional y que han obligado a Rosa Díez, tan moderna ella, a resucitar la figura del pregonero y, además de Internet, emplea al hombre del grito y la trompetilla a falta de mayor presencia en los medios de comunicación.

Y para contribuir al barullo el presidente del Gobierno tiene otro plan. Ahora es el pacto con la patronal y los sindicatos –también los vascos que le hacen huelga a Patxi López- pero lo que pasa es que nadie sabe nada del pacto más que Rodríguez Zapatero. Pero no importa otro balón al área y que remate quien pueda si es que puede.

Dice el presidente que la derecha quiere imponer su moral y que eso no puede ser porque luego llegan los padres y se convierten en una interferencia determinante.

Quién le iba a decir al capitán que su hijo le consideraba una interferencia determinante o a esas niñas de La Moncloa que sus padres, tan de izquierdas ellos, iban a ser simplemente una interferencia determinante. ¡Santo Dios!

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