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Blanc de blancs’ (II) –Vinos blancos de Castilla y un rápido avituallamiento en La Rioja – Con una coda entre Versalles y París

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Donde se sigue y se culmina, de momento, la vuelta a España en vinos blancos, con las recomendaciones propias de quien confiesa que ha bebido y una última anécdota a propósito del peculiar duque de Saint-Simon.

Pertenece a las antigüedades españolas el hablar del vino de San Martín, del vino de Peralta, del vino de Madrigal, ‘que quita todo mal’. Como potencia esforzadamente exportadora, España vendió al mundo ante todo los jereces, los vinos de Málaga y los de Alicante, con cuyos profundos fondillones, y bien aprovisionado de bizcochos, Luis XIV consoló sus días postreros*, todo un rey reducido a pueril glotonería. También en Tarragona, que hasta hace no tanto era la provincia vitícola más eminente, estibaban barcos, aunque en el caso del tinto catalán no hubo las transformaciones que hicieron el Madeira que hoy conocemos ni el East India que hoy apenas conocemos. Ahora vuelve el vino de Toro, que fue vino cortesano; Málaga resurge o por lo menos resiste, Alicante lo mismo: nada vuelve igual a como fue pero tampoco todo se repite como farsa.

Por seguir con San Martín de Valdeiglesias, pueblo castellano hasta que Madrid dejó de ser Castilla y comenzó a ser la suma de todos, cabe reseñar que sólo se hace por ahí un vino bueno, y esto con cierta irregularidad y con escasa difusión. Del otro lado, en Cebreros, aparte del Cumbres de Gredos de los mendigos más pudientes, también hay indicios halagüeños. En todo caso, el San Martín, como el vino de Madrigal, era blanco: y el San Martín no, pero el de Madrigal de las Altas Torres era canónicamente, exactamente, vino de Rueda.

Allí por la meseta donde corren parejos la NVI y los regatos marcados de álamos, allí donde se remansan y aceleran el Eresma y el Adaja, tenemos a un desvío esos nombres tan castellanos que casi suenan a oración: Madrigal, por supuesto, y también La Seca, Rueda, Nava del Rey, Olmedo, Medina del Campo, Bobadilla, Tordesillas, ¡vieja España! Vieja España tan conmovedora, España medular ahí en sus más íntimas habitaciones, en el hondón de Castilla. El turista o el despistado verán también el pueblo de Pollos, conocido sin embargo por sus quesos; pasará por Alaejos, citado su vino por Cervantes en no sé qué novela ejemplar y del que Quevedo dirá que abriga más que los tapices del rey de Francia: tapices que en esos días de Quevedo alcanzaban el punto de nieve de su fama.

El Rueda de entonces es lo que todavía se llama Dorado de Rueda, de cuya aceptación comercial da fe el hecho de que tan sólo una bodega –creo- lo elabora: y lo elabora según la bendita tradición de dejarlo al sol en damajuanas de cristal y seguramente con el palomino fino que se trajo de Jerez para hacer un vino que está, de alguna manera, entre los finos y el Jura sin tener esa gracia distintiva de ninguno. Durante un tiempo, el Dorado de Rueda se acogió a la plausible denominación de vino de la tierra de Medina. Fue el blanco de nuestro siglo de oro, el blanco elegante y no el popular: el hombre de las corralas no necesitaba ir a buscar su vino a Valdepeñas y ni siquiera a Méntrida o a Navalcarnero, por lo que mucho menos a Medina, tantas leguas más allá: había vides y bodegas en los términos de Getafe y Móstoles y Leganés, poblaciones por entonces sin connotaciones negativas y sin centros comerciales y de ocio.

Toda denominación de origen es un invento antiliberal que favorece a los mediocres pero, dicho el insulto, la DO Rueda acoge los lindones de las provincias de Valladolid, Segovia y Ávila. Los viticultores de Rueda han mostrado mucho dinamismo en estos últimos años, cosa que alegra en tanto que dinamismo y Valladolid no son palabras que suelan ir juntas. La mayor parte del viñedo y de las bodegas están en Valladolid: generalizando con motivo, puede y debe decirse que hay que preferir los vinos de la uva autóctona verdejo, aunque hay alguno estimable con un puñado de la riojana viura. En cuanto a los Ruedas de sauvignon blanc, no sé cómo se puede decir elegantemente que son un asco, así que tan sólo diré que son un error.

Cualquier buena persona que se acerque al estante de los Ruedas tenderá a considerar con familiaridad los de Marqués de Riscal, que en Rueda sólo tuvo el mérito del pionerismo y que desde entonces sólo ha sabido hacer las cosas mal: olvidémoslos, pues, y prefiramos los vinos de José Pariente o los Palacio de Bornos. Lo mejor de los vinos de Rueda es que han llegado a una regularidad en la fiabilidad, por lo que muchas marcas, año tras año, hacen pensar en un producto homogéneo, sin pretensión y sin aristas. Creo que los mencionados, aun así, ofrecen puntas de mayor excelencia, es decir, que son fáciles y de trago largo pero no faltos de nervio y concentración y tipicidad. En los mejores verdejos será característico –y muy elegante- un ultimísimo amargor en el paso por boca, un aroma herbáceo o –más exactamente- de campo de cereal, junto a frutas blancas con tendencia a la pera williams. Yo entiendo que el lenguaje disguste pero es que huele a eso cuando uno se pone a meditar con la nariz.

Mantengo una querencia por otros dos Ruedas, notablemente el Blanco Nieva y el Basa: me consta no ser el único, e incluso me consuela. El Blanco Nieva tiene la originalidad relativa de ser segoviano y ahí conviene probar el siempre excelente Pie Franco, que dará motivo de sugestión al pensamiento al imaginar un viñedo alto y escondido a donde no llegó la filoxera. El otro favorito, el Basa, tiene un puñado de viura y aun de sauvignon blanc, a pesar de lo cual es consistente año tras año, siendo de lo más sólido que hace el viticultor volante Telmo Rodríguez, hombre de experiencia y de audacia pero no siempre –Alicante, Valdeorras- de acierto: no por esto seré yo quien lo lapide.

El Rueda es vino menos ácido y menos lineal que los vinos del norte español, y en sus mejores versiones –Ossian, Belondrade y Lurton, Naia Des, y los fermentados en barrica de Bornos y Pariente- tendrá la concentración y la musculatura de los vinos casi grandes, y con un recorrido y volumen mayores que el Rueda fácil y fragante, higiénico, del aperitivo. Aun así, estos vinos de ambición pueden estar penalizados por un exceso de madera y, de cualquier forma, es preceptivo dejarlos reposar. En el vino, como en tantas otras cosas, lo importante es evitar la agitación.

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En la Rioja, los blancos son una gloria menor.

Entre mis vinos favoritos está el rioja joven, cosechero, amoratado, fresco, báquico, abundante, barato, violento: un vino que nos lleva a ensueños de otras vidas más agrestes, o quizá sólo más anacreónticas, campestres como era el campo en los cuadros de Goya donde todos cantan y bailan y juegan o se recuestan; vino para el pic-nic ideal, con alguien que se lleve el libro de poemas de Meléndez Valdés. En fin, todo este entusiasmo viene a decir que en el cosechero riojano no suele faltar el racimo de uva blanca que aporta la experiencia para amansar el conjunto.

Los vinos blancos tradicionales en la Rioja eran los vinos de viura –aka macabeo-, y la uva viura es una uva inexpresiva, plana, de triste sobriedad. A veces se le echaba –y se le echa- algo de malvasía, para quitarle esa murria –pero la viura es un letargo del espíritu, en términos enófilos, y no hay nada que hacer. O casi nada.

Hoy, ciertamente, gente de mucho arrojo y corazón, e incluso con el idealismo de perder dinero por la causa, elabora vinos de calidad frontera en la sorpresa: el Plácet, por ejemplo, o ese caro Gallocanta que –tras la demanda del californiano EJ Gallo- pasó a llamarse Qué bonito cacareaba, con el más noble despecho. Ahí están Allende, Remelluri, el Abel Mendoza monovarietal de malvasía del que debí haber comprado dos y no una botella, porque con las cosas hay que asegurarse y no está de más el método científico en lo hedónico. Lo mejor que tienen estos vinos es que se hacen por amor a lo invisible, en tanto que su viabilidad comercial en el extranjero es difícil y en España es peregrino comprar un rioja blanco salvo por error de ignorancia. E incluso con todo el optimismo y la energía positiva que uno quiera ponerle, se hace difícil pensar que en la Rioja se vaya a hacer un blanco de envergadura mundial…o europea, o nacional. Salvo que hablemos de los blancos de Tondonia.

A uno pueden gustarle más o menos los blancos de Tondonia pero ya hay dificultad en negar su estatura mítica. Son vinos de conservadurismo acendrado, como todo lo de Tondonia, bodega todavía familiar y partidaria, digamos, del tiempo y de las telas de araña y de los cementerios de botellas donde se empiezan a oír voces a nada que uno haya comido legumbres más allá de lo que demanda la recta razón. Su última añada no sé si es la 87 y se encuentra todavía la 81; más difícil es encontrar la 64. Llevo bastante tiempo sin probarlos, desde que durante una temporada me diera el capricho o la emoción: lamento, por mi gran culpa, haber sucumbido a la oleada sin hondura de amor por estos vinos cuando son amables sin necesidad de que medien ligerezas de pasión.

Los tondonias blancos son todo lo contrario de un blanco afrutado, goloso, juvenil: en ellos veremos más bien un color dorado, oleremos un recuerdo de maderas viejas, sentiremos una llamada a la solemnidad, un respeto a la labor del tiempo, que destroza tantas cosas y sólo a algunas –los tondonias- las mejora. Pero el año es largo y acaba de empezar y Tondonia tendrá su glosa con amor y pormenor.

*Esta historia la cuenta Saint-Simon. Me refiero al duque versallesco y no al socialista utópico: es importante no confundirlos, como es importante, en terrenos más prácticos, no confundir un Latour con un Leroy. Saint-Simon, en efecto, cuenta la agonía del rey en una parte de sus voluminosas memorias, voluminosas por constar de cerca de cincuenta volúmenes, incluyendo uno o dos con los índices.

Las Memorias de Saint-Simon son libro de justo prestigio. Por decir algo, diré que, cuando yo era joven, en París, después de leer copiosos fragmentos que me recalentaron la cabeza por quince días y quince noches, forcé a un amigo mío a comprarse la edición completa de las Memorias, en el entendido de que él era hombre de cultura y de fortuna y que, con esa adquisición, estaba preparándose una vejez elegantísima, de erudito maniático y fantasioso, pues uno sospechaba que, durante la vejez, será mejor refugiarse en las precedencias de Versalles que en la aspereza del mundo para con los viejos.

Que yo sepa, las Memorias no se han editado más de dos o tres veces porque eso es una maratón de erudición y es muy fácil perder la cordura entre tanto noble, tanto vizconde y tanta dama: calcúlense diez por página en miles de páginas para confirmar que la literatura es alto chismorreo. La falta de un solo tomo descabala el conjunto y quita brillo a la adquisición, y con esto quiero decir que comprarse las Memorias completas no es de las compras más baratas que uno puede hacer, y quizá tampoco de las más útiles si, como es habitual, uno no basa su vida en absolutos de sublimidad.

Allá fuimos, en fin, al buquinista medio negro o medio moro, pero en todo caso hombre mesurado y culto, que habrá muerto ya porque estaba enfermo y se abrigaba con demasiado celo incluso en la parte más tibia de la primavera, cuando el verde de los castaños de París es aún un verde nuevo. En fin, uno era un perfeccionista en cabeza ajena y hoy, las Memorias de Saint-Simon ocupan todo un anaquel en casa de mi amigo, esperando la mano de nieve que las revenda si es que por entonces queda en España alguien con interés por esas otras antigüedades europeas. ¡Viejo cascarrabias Saint-Simon, reaccionario en el absolutismo, primer amante público del jamón ibérico!

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