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Tribuna libre

Bobadas de columnistas agoreros

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No sé lo que sucederá después, cuando hayan conseguido desencantarnos del todo. Cuando nos hayan vuelto unos escépticos sin retorno y celebremos con un bostezo la inoportuna presencia de sus tediosos rostros.

No sé lo que sucederá después, cuando hayan conseguido desencantarnos del todo. Cuando nos hayan vuelto unos escépticos sin retorno y celebremos con un bostezo la inoportuna presencia de sus tediosos rostros. Tal vez no les importe. O no sepan qué hacer. O no haya forma de encontrar uno, dos, quizá tres, a quienes culpar del descalabro. A muchos la vida los premia en la victoria y en el fracaso. Eso es ser afortunados. Al fin y al cabo, ni siquiera sabemos con exactitud qué es ganar y qué es perder en este juego tan complejo, llamado democracia, que hemos ido construyendo como quién levanta los últimos peldaños de la escalera definitiva hacia la salvación eterna. Los políticos españoles se han vuelto deportistas. Corredores de fondo. O sin fondo.

La gran carrera ya ha comenzado. Esos seres extraños dedicados a la política se han vestido de blanco, modelo tenista antiguo, para la ocasión. Después del largo calentamiento ha sonado el disparo del juez y han iniciado la estampida de los no se cuántos metros lisos. Desconozco quién va primero y no me importa. En esa carrera no habrá ganadores, sólo perdedores. Lo importante no es la meta, si no el punto de partida, todo lo que dejan atrás. Un paso antes de la línea de salida estamos todos. Los ciudadanos, nos llaman. Por triste que nos parezca, la única razón de ser de sus fatigadas zancadas es alejarse del mundo real y de nosotros. La meta es darnos la espalda a todos. ¿Qué sucederá cuando pierdan el único cable que les mantiene conectados a la tierra? Nada. Nada nuevo. Nada más.

Nuestra democracia no es un sistema tan imperfecto como dicen. Lo imperfecto son muchos de los representantes del pueblo, que han permitido hacer de la elección de gobernantes un entramado estático y encorsetado. Lo dinámico y cambiante no interesa a quien vive de la política. Debería estar prohibido vivir de la política. Nuestros corredores –o fugitivos- no pueden tolerar la posibilidad de quedarse en el paro en veinticuatro horas, por algo tan estúpido y subjetivo como que los españoles decidan echarles a la calle con sus votos. De la misma forma que no quieren oír hablar de “libertad” sino de “normalidad”. Nunca han tenido gran respeto por sus votantes, ni mucho menos por los que no son sus votantes. Todo vale por un afiliado más, por un voto más. Incluso el ridículo, la traición o la humillación. Han permitido la lenta perversión de la teoría política y han sustituido las ideas, la reflexión y las batallas ideológicas por la estrategia, la burocracia partidista y la propaganda. El único fin es ganar las elecciones.

Se equivocarán quienes quieran ver en mis palabras la enésima reflexión post electoral. Nada de eso. Esto va más lejos. Y no tiene nada de nuevo. Podría haberlo planteado hace un mes o dentro de tres años, cuando en los colegios electorales te regalen una pantalla de plasma por votar a unos, o un microondas por votar a los otros. Al tiempo. Tan sólo me reconcilian con el género político aquellos hombres y mujeres valientes, capaces de dimitir cuando ese gigante arcaico y corrupto que es “el partido” toma un rumbo contrario a sus ideales. Y aquellos héroes, por supuesto, que defienden la paz y la libertad con su nuca frente a los asesinos. Son la esperanza de los que deseamos un cambio de fondo.

En la carrera de la que les hablaba al principio están participando tanto los que gobiernan como los de la oposición. Todos corren despavoridos hacia el lugar donde puedan seguir riñendo, pero donde tengan asegurado el sueldo a fin de mes. Discrepando por fuera, cobrando por dentro. En el instante en el que los representantes del pueblo doblen la penúltima curva de esa carrera en la que huyen de los intereses de los ciudadanos sucederán muchas cosas al mismo tiempo. La democracia, como aquella forma de gobierno que pone en manos del pueblo el rumbo de una nación, habrá terminado. Una brutal bajada de la participación o un voto masivo sentimental o bajo engaño se encargarán de ello. ¿Tendremos circo mediático? Sí. ¿Papeletas? De todos los colores. ¿Pepiños y Elorriagas? Por supuesto. ¿Campañas? Como nunca. ¿Militantes? A patadas. ¿Ideas, principios, democracia y libertad? Nada de eso. Lo he dicho antes: habrá circo. Circo mediático y propaganda. Y telediarios, muchos telediarios.

Pero, ¿a quién le importará todo esto mientras siga saliendo el sol y mientras exista el Real Madrid? Si es que al final van a tener razón los de siempre: todo esto son bobadas de columnistas aburridos y agoreros. Pónganme hoy doble ración de vida con colores, por favor. A ver si lo veo más claro. Y si no, ¿a quién le importa mientas vote?