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Tribuna libre

Bomba atómica: el genio de la botella cumple 60 años

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De forma inopinada, me he dado cuenta de que quiero al pueblo estadounidense más que sus propios políticos. Ocurrió al enterarme de que dos senadores republicanos han sometido al examen de su cámara legislativa el anteproyecto de una resolución para conmemorar el 60 aniversario de la primera explosión nuclear porque, supuestamente, en aquel acontecimiento «se encarnó el espíritu americano».

 

Habida cuenta de que la explosión del 16 de julio de 1945 en el polígono Trinity, de inmediato trae a la memoria los miles de cadáveres calcinados en Hiroshima y Nagasaki, tal afirmación me parece bastante cuestionable. Siempre he creído que el «espíritu americano» se encarnó cuando pisaron la superficie lunar, y aunque no entiendo qué ha ganado con ello la civilización humana si nadie vuela a la Luna desde hace varias décadas, aquel momento fue increíblemente hermoso.

 

Del hongo nuclear surgió el genio malo; del paseo por la superficie lunar, un sueño. Así que, a diferencia de los senadores a los que hago referencia, tengo firme preferencia por lo segundo.

 

Todo lo anterior no significa, por supuesto, que los científicos norteamericanos, «padres» del genio nuclear, sean culpables de nada. El pasado mes de marzo salió a la luz un libro titulado La bomba de Hitler, la historia secreta de los ensayos del armamento nuclear en Alemania. En él, el investigador alemán Rainer Karlsh demuestra que los nazis estaban avanzando en la misma dirección que los estadounidenses. Nadie sabe qué habría pasado en el mundo si Alemania hubiera conseguido antes el arma nuclear, así que no tengo la mínima reclamación con respecto a los científicos estadounidenses: estaban librando una guerra, y la ganaron.

 

Mis reclamaciones van dirigidas a los políticos. Porque tanto Hiroshima como Nagasaki son obra suya, y ambas explosiones resultaban, cuando menos, cuestionables en lo que a su conveniencia militar respecta.

En general, el genio nuclear fue cobrando vigor exclusivamente gracias al miedo. Los rusos también crearon su bomba atómica en respuesta a las amenazas que partían de quienes ayer aún eran sus aliados.

 

Los legajos ya desclasificados de los archivos nos han revelado, por ejemplo, que los altos mandos militares británicos presentaron el 22 de mayo de 1945 a Churchill el plan de la llamada Operación Impensable, cuyo objetivo era asestar un golpe a la Unión Soviética sirviéndose de las fuerzas de EE.UU., Gran Bretaña, dominios británicos, cuerpo expedicionario polaco y diez divisiones de la Wehrmacht porque, se decía, «La guerra total es la única manera de conseguir que la URSS se pliegue a la voluntad de Londres y Washington». Y les aseguro que no es una fantasía del autor: es un documento real.

 

Después de que Moscú fabricara una bomba atómica, Londres y París hicieron lo mismo, por si acaso. Entiendo sus preocupaciones, pero a partir de aquel momento, la senda nuclear estaba expedita: Israel creó sus armas nucleares porque se encuentra en una situación de aislamiento desagradable en medio de un entorno árabe; Irán se empeñó en crear su bomba atómica porque Israel ya la tenía; India y Pakistán, recelosas una de la otra, desarrollaron sus dispositivos nucleares a pesar del Tratado de No-Proliferación; China no entiende por qué, si los otros pueden, no tendría ella derecho a hacerlo, así que procura incrementar sus arsenales; Corea del Norte sueña con embotellar al genio no tanto por el miedo a los demás como a su propio pueblo: la bomba, cree Pyongyang, podrá justificar la crónica escasez de arroz.

 

Ahora, los terroristas también cifran sus esperanzas en el genio nuclear y, desgraciadamente, algún día lo tendrán, aunque hoy ignoramos dónde y cuándo. Las armas nucleares todavía figuran en los planes militares estratégicos de muchas naciones, a pesar de que todas son conscientes de que el uso de una parte insignificante del potencial ya existente acarrearía la muerte de la civilización entera a causa del denominado «invierno nuclear».

 

Mientras tanto, las personas normales tenemos que coexistir con ese genio y con todos los locos que hay en nuestro planeta —militares halcones, políticos emocionales, terroristas suicidas—, sabiendo que pueden matarnos a nosotros y a nuestros familiares en cualquier día de esta semana, o de la que viene.

 

Por todo ello, no entiendo qué es lo que quieren festejar los senadores estadounidenses. Diderot tenía razón cuando dijo que incluso un pueblo ilustrado puede retroceder fácilmente hacia la barbarie. Sobre todo, retroceder hacia una mentalidad de bárbaros. Por decirlo en palabras de Pushkin, es como si aspiráramos a protagonizar un «festín durante la peste».