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Tribuna libre

Bono, presidente

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El político manchego es de los que no deja indiferentes a nadie, aunque en su nuevo cargo tendrá que rebajar sus aristas más polémicas

El ex –Presidente de Castilla la Mancha y ex –Ministro de Defensa, José Bono, va a ser elegido el martes de esta semana Presidente del Congreso de los Diputados, la tercera autoridad del Estado según el protocolo, tras del Rey y el Presidente del Gobierno.

Si los caminos de Dios son inescrutables, no digamos nada de los de la política. El caso de Bono es un buen ejemplo de ello. En marzo del año 2000, el PP de Aznar consiguió la mayoría absoluta, lo que provocó que la misma noche electoral, el candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno y secretario general del partido, Joaquín Almunia, presentase de forma irrevocable su dimisión. Se convocó un Congreso extraordinario del partido fundado por Pablo Iglesias para elegir nuevo líder, que tuvo lugar en el mes de julio de aquel año 2000.

A dicho Congreso, se presentaron cuatro candidaturas a la secretaría general: las encabezadas por Rosa Díez, Matilde Fernández, José Luís Rodríguez Zapatero y José Bono. Casi todas las apuestas eran favorables a este último, pues aunque levantaba muchos recelos en el entonces existente e influyente sector “guerrista” del PSOE, contaba con el apoyo inicial de Felipe González.

Pero como relata muy bien una de las candidatas, Rosa Díez, en su último libro “Merece la pena”, a mitad del proceso congresual, González retiró su apoyo a Bono y se lo dio a Zapatero. Bono no acababa de creérselo y estaba convencido que ganaba de calle el Congreso, hasta que la dura realidad le hizo caer del caballo y comprobar que un joven diputado por León, sin ningún peso político en el PSOE, le mojaba la oreja y le ganaba la secretaría general por el estrecho margen de diez votos.

Aquella inesperada derrota provocó que Bono se volviera a replegar en su Comunidad Autónoma, hasta abril de 2004, cuando su adversario interno y ya entonces Presidente del Gobierno le llamó para formar parte del ejecutivo, ofreciéndole en primer lugar la cartera de Interior, que Bono rechazó, y acabando en la de Defensa. Lo que sucede después es conocido: Bono presentó su dimisión a mitad de la pasada legislatura, aduciendo motivos personales que muy pocos se creyeron y que más bien fue interpretado como un movimiento de retirada a esperar tiempos mejores, es decir, a que Zapatero se la pudiera “pegar” y entonces hubiera una especie de clamor para que el político manchego volviera a la primera línea, encabezando el sector más españolista del PSOE.

Pero como Bono tiene instinto político, enseguida se dio cuenta de que era muy poco probable que Zapatero se la “pegara”, con lo cual, tras rechazar el caramelo envenenado con que su jefe le quiso obsequiar hace menos de un año, pidiéndole que fuera candidato a la Alcaldía de Madrid, ahora ha visto una buena ocasión para volver a la arena política con un cargo institucional de indudable importancia.

Bono es un personaje con varias caras. Es populista, demagogo, a veces en exceso. Confiesa ser católico practicante, pero se ha mostrado muchas veces crítico con la actuación de los Obispos e incluso llegó a tener actuaciones chabacanas y frívolas como la de aparecer y apoyar a los curas de la parroquia de Entrevías en Madrid que mantenían una actitud desafiante con el Cardenal Rouco Varela a propósito de la forma de celebrar la Misa.

Tiene una imagen de ser el defensor de las “esencias patrias” del PSOE, pero al mismo tiempo cuenta con unas tragaderas importantes para no rebelarse públicamente contra actuaciones de Zapatero con las que seguramente mantiene una discrepancia de fondo, como pueden ser la política territorial, el trato con los nacionalistas o el proceso de negociación política llevado a cabo con ETA en la pasada legislatura.

Todo eso hace que el nuevo Presidente del Congreso de los Diputados sea un personaje controvertido y no solamente para los nacionalistas, que ya han mostrado su disconformidad con que Bono sea aupado por su partido a tan importante escaparate institucional. El político manchego es de los que no deja indiferentes a nadie, aunque en su nuevo cargo tendrá que rebajar sus aristas más polémicas si no quiere estar sometido a un continuo desgaste.

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