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Caimanes del mismo pozo

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Han sido muy de notar la suavidad y el melindre con que el gobierno de España ha reaccionado ante la turbodemagogia cocalera

Apostar por Evo Morales como réplica moral de George Bush se ha resuelto con tanta cortesía que en cualquier momento el gobierno boliviano animará a las masas para que asalten nuestra Embajada en La Paz. Tal vez allí se les ofrezca un cóctel. Han sido muy de notar la suavidad y el melindre con que el gobierno de España ha reaccionado ante la turbodemagogia cocalera. Es la diplomacia de poner la otra mejilla: tú hostigas a mis empresas y yo doblo la cooperación con tu país. Según López-Garrido, es ahora cuando hay que llevarse bien con Bolivia. Vean ahí cómo la mala conciencia socialista busca un pecho ajeno para darse golpes.   También sorprende que por aquí nos hagamos aún los sorprendidos o se le pidan al jíbaro modales. Hay en Evo un resentimiento eruptivo y ardiente, de trama muy larga, que remonta a los tiempos del Descubrimiento. Esta es una constante en su discurso, con la lógica de la alucinación y con atractivo para la masa iletrada dispuesta a elegir de presidente a supermán. En realidad, hace un par de siglos que España tiene pocas responsabilidades por allí, si bien los próximos bicentenarios de la independencia serán otra oportunidad para la deploración y el llanto. A ese mundo anterior a la rueda quiere volver Evo Morales, al paisaje del Edén donde el indio bueno cultivaba las laderas de la coca. Una interpretación estimativa llamaba al descubrimiento ‘el intercambio colombino’ aunque sólo fuese para evitar la vocería demagógica. Evo Morales está ahora en fase fundacional y épica, en la política y en los símbolos. En todo caso, plantear la política como un ajuste de cuentas en el tablero de la historia es algo que asegura convulsión. Ciertamente, aquí y en la otra orilla vuelve la moda del revisionismo. En el Parlamento Europeo, la izquierda nostálgica del légamo aplaude la sustanciación del folklore en la política.   Molestar a Condoleeza sin que se note demasiado ha sido una de las peores astucias de la política exterior española, determinada a la consecución de un descrédito universal y estrepitoso, entre las puertas cerradas de los despachos de Washington y el grito de disciplina de Hugo Chávez. Hay ahí una labor compleja y sinuosa para eludir toda responsabilidad y conseguir un peso y una fama de invisibilidad similar a la de Andorra. La pérdida de peso es evidente, sin tratarse de una cuestión de autoestima nacional sino de mera defensa de intereses. Tampoco parece que tengamos más volumen en la UE. Como contrapartida de curiosidad, no deja de ascender el número de ciudadanos bolivianos en España.   Volver a un estado de inocencia originaria en el eje andino es algo que, sin mayor sorpresa, se acopla bien con el entendimiento rapaz de la política energética. Es Petroamérica, la diplomacia del gas y del petróleo, gobernada por Chávez con pericia para conseguir una Hispanoamérica de monocromía socialista. Aquí la curiosidad es que la integración bolivariana de las Américas depara poco a poco una escena donde todos tienen algo contra todos. Hugo Chávez, por ejemplo, ha hecho volar la Comunidad Andina; vemos las coces de Argentina y Uruguay, de Brasil y de Bolivia, Colombia en soledad, Chile con una izquierda más homologable a la razón. Para España, estos son riesgos evidentes en reputación y economía. En cuanto a la izquierda hispanoamericana, está habitada –según el talento escénico de Chávez- por ‘caimanes del mismo pozo’.