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La Calle de la Luna

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En el fondo, la tentación recurrente de cada juventud radica en que –como dice Méndez-Monasterio- ‘había que inventarse otra moral’.

La misericordia es el mejor ajuste de cuentas que podemos tener con la memoria, con aquello que fuimos o de alguna manera tuvimos que ser. La memoria de la juventud puede ser pungente como lo fue la juventud, esa época en la que uno sólo espera desastre o gloria por contraste con un mundo de un gris inexplicable. Es difícil eludir la constatación de que hay el mismo número de lunes que de sábados. Como sea, el encanto real de la juventud, su justificación última, es que incluso el cinismo tendrá su punto de inocencia en tanto que somos vulnerables. En el fondo, la tentación recurrente de cada juventud radica en que –como dice Méndez-Monasterio- ‘había que inventarse otra moral’.

La Calle de la Luna es la primera novela pero no el primer libro de Kiko Méndez-Monasterio, quien ha tenido un año editorial fecundo tras la edición de Lo nuestro y lo triste. Ambos libros han sido unánime –y uno diría que extraña y venturosamente- jaleados por la crítica. También es extraño que el don de narrar encuentre un balance entre la amplia respiración de la novela y la intensidad –tan exigente en técnica y dramática- del cuento. En ambos libros se sabe contar a la distancia justa, bien dosificadas las características del autor: un desarraigo que participa igualmente de calidez y escepticismo, un punto de memoria elegíaca, el tono medio de lo agridulce, la capacidad de evocación sentimental, personajes que –es raro hoy- no parecen abstracciones sino gente que va a la facultad y pisa las aceras. 

En La Calle de la Luna aún habrá que añadir su vertiente de novela de formación, donde entroncan juventud y mitomanía. En el Madrid de los primeros noventa, la ambientación de La Calle de la Luna nos cuenta un Madrid aún no contado, un Madrid post-movida pero todavía sin controles de alcoholemia en cada cruce. Si en toda formación –como diría Daniel Capó- hay que elegir las tentaciones mundanas, las tentaciones mundanas del personaje Luis Peralta están entre la noche como pasión o evasión, la amistad imprescindible, la familia confusa pero presente y –fatalmente- la mujer como conquista que se vuelve dependencia.

‘Hoy los tiempos adelantan que es una putada’: otra de las claudicaciones de la juventud es pensar que el tiempo corre a favor nuestro. Es así que toda irreverencia se permite pero, más allá de esto, el tiempo sólo deja sus cenizas, absueltas por la escritura como memoria de lo que en realidad fue una educación sentimental. Posiblemente perviva de la novela de Kiko Méndez-Monasterio no sólo una época y un Madrid vivido por gentes que todos conocemos sino también una puesta en valor de cierta cultura pop hasta ahora no contada: ‘mis recuerdos tienen música, tienen banda sonora porque aparecen dentro de un coche o en un bar de copas, o incluso andando por la calle’. Es así que La Calle de la Luna queda en la memoria como el silbido de una canción que se aleja, una canción desengañada quizá, quizá significativa en la medida que es desengañada. Entre cinismos e idealismos, esas noches del joven Peralta tienen también la inocencia irremediable de los venecianos que salieron con pancartas –‘queremos la luna’- cuando el consistorio permitió los anuncios de neón. Juventud, egolatría, apetitos extáticos hasta que el hombre se vuelve adulto con la melancolía del animal domesticado. Más allá, la memoria es la música y por la literatura –de Stendhal a Proust- sabemos que la memoria y la música tienen capacidad de absolverlo todo. También la juventud.

“Somos
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